
Prólogo
que también puede leerse después
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La Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el año 2000 el "Año de la Cultura de Paz". Por este motivo decidí aunar toda esta colección de historias. Desde que empecé a escribir libros para niños, he considerado importante abordar el tan difícil tema de la guerra y la paz de una manera que sea comprensible para los niños. Me parece que no es suficiente decir a los niños que la guerra es terrible y que la paz es mucho más agradable. Esto, en sí mismo, constituye ya un adelanto si consideramos que hubo en su día una literatura juvenil que glorificaba el ejército y los episodios bélicos. Pero la mayoría de los niños de nuestras latitudes saben que la guerra es algo terrible y que la paz es mucho más agradable. Sin embargo, ¿es la paz posible?, ¿o es la guerra un mal inevitable que vuelve constantemente a afectar a la humanidad?, ¿acaso no aprendemos tanto en la clase de historia como en el telediario que la guerra ha existido y todavía existe en cualquier rincón del mundo? La cultura de paz, el entendimiento entre los seres humanos, la resolución pacífica de los conflictos: todo esto está bien y es bueno, ¿pero qué sucede si los demás no están de acuerdo? No puedo imaginar cómo vamos a eliminar la guerra de la historia de la humanidad si no buscamos las causas profundas de la guerra. Solamente cuando se conoce el origen de una enfermedad se puede combatir con métodos precisos y eficaces. Es verdad que falté a casi todas las clases de historia en la universidad, pero en casa he continuado hasta la fecha estudiando historia porque, como escritor, la pregunta de qué determina las acciones y los pensamientos de la gente está siempre rondándome en la cabeza. Desde luego no pretendo haber encontrado la piedra filosofal o intentar explicar en mis historias las causas de la guerra. Tampoco puedo presentar el remedio milagroso para evitar futuras guerras. Sin embargo estas historias quieren ser algo más que 'catalizadores para el pensamiento'. Los escritores estamos constantemente intentando dar a la gente algo sobre lo que pensar, pero en algún momento, alguien tiene que empezar a ponerse a pensar. Las historias que he recogido aquí intentan sugerir una línea que el lector puede desarrollar, dar una pista por dónde y cómo empezar a buscar las causas de la guerra. Probablemente la mejor manera de resumir las intenciones del libro es la siguiente: Intento mostrar cómo nuestras acciones pueden interconectarse de una manera tal que condenen a perecer a aquellos que no intenten por todos sus medios conseguir sus propios objetivos. Pero, por otro lado, existe la posibilidad de que si cada uno de nosotros intentamos promover nuestros propios intereses, podemos también, aunque no sea nuestra intención, acabar perdiendo más de lo que ganamos o haciéndonos a todos más daño. La única manera de resolver este dilema parece pasar por la necesidad de que todos nos comuniquemos y coordinemos nuestros actos. La lección parece realmente sencilla, pero lo más difícil es descubrir los complejos modos en que las acciones de los individuos, los grupos, las naciones y los estados de este planeta están interconectados. Intento enseñar a los niños y niñas a empezar a descubrir esa especie de mecanismo social. En ese sentido, creo que éste es un enfoque novedoso dentro del campo de la literatura infantil. Concebí la historia de "El soñador" en un taller de una semana organizado por la asociación cultural 'Fuegos Artificiales' en el valle de Oetz en el Tirol. El tema del taller era 'Libre como el viento y las nubes' y escribí con los niños el 'Libro del viento y de las nubes'. "El Niño Azul" lo escribí para una serie infantil televisiva llamada 'Siebenstein' de la cadena alemana ZDF. Lo escribí justo después de la caída del muro entre Alemania del Este y del Oeste en 1989, cuando todo el mundo estaba convulsionado por una euforia de paz que duró bien poco. Cuando la historia apareció publicada en un libro, ya habíamos dejado atrás la Guerra del Golfo. Esta historia cuenta como el endurecimiento del alma puede producir miedo. El meollo de la historia no es que el niño tira finalmente el fusil, sino por qué lo tira. El "podrías deshacerte de tu fusil", no es suficiente. Lo primordial es tener esperanza para cambiar. "La Gran Guerra de Marte" es un intento de demostrar como el hecho de que todo el mundo persiga su propio interés - de hecho inofensivo - puede conducir a resultados no deseados. "El Planeta de las Zanahorias" pone en escena idénticos mecanismos. Muestra como un sistema social concreto puede desarrollar una dinámica propia, que casi imposibilita cambios en dicho sistema, y en la que incluso los más desfavorecidos de dicho sistema pueden llegar a ser sus defensores. De igual manera, "El Esclavo", ilustra cómo la gente puede llegar a crear sistemas de los que ellos mismos se pueden convertir en sus prisioneros. En "Los Granjeros a los que se les daban bien los números" el tema continúa. Escribí esta historia después de leer 'La lógica de la acción colectiva' del economista Mancur Olson. En su libro, el autor demuestra con confianza cómo es teóricamente imposible que un gran grupo de individuos actúe racionalmente por sus propios intereses (éste es el modelo favorito de los economistas modernos) para hacer algo juntos por una causa común, incluso si todos saben que sería mejor para todos si cada uno se comprometiese a esta causa. Él también demuestra por qué es más fácil para grupos pequeños y más manejables hacer algo por una causa común que para grupos grandes. "La Extraña Gente del Planeta Hortus" trata simplemente sobre los costes económicos ocasionados por una guerra. "La Extraña Guerra" muestra una de las formas posibles de resistencia pasiva. El tipo de resistencia depende obviamente de las metas de los agresores. Si los agresores intentan exterminar al otro grupo, esta forma de resistencia pasiva no será posible. Pero la mayoría de las guerras se hacen para subyugar a un pueblo, no para exterminarlo. Arobanai trata de la vida de los pigmeos como ejemplo de un modo de vida de cazadores y recolectores. Está basado en la investigación llevada a cabo por Colin Turnbull. "Serpiente Estelar", por otro lado, es la historia de un joven guerrero azteca así como la historia del nacimiento del reino azteca. Estas dos historias contrastan uno de los pueblos más pacíficos y amorosos que hayan vivido en este planeta con uno de los más crueles y guerreros. Se deben leer juntas para poder comparar los diferentes aspectos de las vidas de ambos pueblos. ¿Cómo es posible que seres de la misma especie sean tan diferentes en sus sentimientos, sus pensamientos y sus acciones? "Los Dos Prisioneros" nos introduce al conocido 'dilema del prisionero' de la teoría de juegos. Es un modelo clásico que muestra cómo el intento racional de obtener un beneficio para uno mismo puede sin embargo dañar a todos los implicados. En cuanto uno acepta las condiciones del modelo, no hay solución. "El Informe para el Consejo de los Sistemas Solares Unidos" resume todos los temas, y quizás es lo que el Niño Azul descubrió durante los años en los que estudió el Planeta Azul mientras miraba por el telescopio. Fue en el mismo taller en el valle de Oetz donde escribí los primeros borradores de esta historia. Se animó a los niños a que me pidieran que les contase historias, y una niña, que por casualidad tiene mi mismo apellido y cuyo nombre es Nina, me trajo una nota que decía: "Martin, por favor, dime por qué hay guerras". La historia esta basada, entre otras cosas, en la investigación de Lewis Mumford (El Mito de la Máquina), pero también en mis propias reflexiones. Solía pensar que había habido una época en la que la humanidad no conocía la guerra. Cuando leí el libro de Jane Goodall's sobre la guerra de los chimpancés, tuve que revisar esta opinión. Incluso en la época de los cazadores y recolectores podía suceder que un grupo, en aras de encontrar nuevo territorio para la caza, entrara en conflicto territorial con otro grupo. Uno de los grupos abandonaba el territorio y así se saldaba el conflicto. Las guerras podían tener lugar, pero no eran un elemento esencial de las culturas. Pero con la llegada de la agricultura, el cultivo y la ganadería, la gente empezó a poder almacenar provisiones e incluso tener tiempo para las guerrear. En cuanto a las víctimas, sus provisiones podían robarse sin necesidad de destruir a sus propietarios. La guerra se convirtió en una institución permanente porque servía como medio para aunar los excedentes de los grupos mas pequeños de población e invertirlos en estrategias que resultasen en un incremento de la productividad. Osea, en la producción de más excedentes que de nuevo podrían invertirse en el progreso del grupo. Y este sistema fue mucho más eficaz a la hora de procurar la subsistencia del grupo que las negociaciones o las asociaciones voluntarias lo hubieran sido. Las motivaciones de los individuos detentando el poder o de los guerreros no eran tan importantes. En la naturaleza, la aparición de cuernos, por ejemplo, son producto de mutaciones azarosas. Que los cuernos permanezcan o desaparezcan en las distintas especies depende de si éstos facilitan o impiden la capacidad reproductora. El jefe de una tribu podría haber declarado la guerra a su odiado vecino por razones de prestigio, causas religiosas, por pura arrogancia, por agresividad acumulada, por frustración sexual, lo que fuere. Pero la guerra, como institución, es capaz de perdurar por varios motivos. Primeramente, porque promueve la concentración de la población en grandes imperios y esto facilita consecuentemente la acumulación de excedentes. En segundo lugar, porque la guerra exige que una gran parte de la población produzca más excedentes que ellos hubieran estado dispuestos a invertir voluntariamente en el bien común o en el futuro. Y finalmente, la guerra continúa porque de alguna manera promueve progreso en tanto que desarrolla la productividad del trabajo humano. Sin embargo, las ventajas sociales no tienen que representar necesariamente ventajas para el individuo. Una comunidad de quinientas familias campesinas libres hubiera sido más feliz que un ejército de cien mil familias campesinas bajo el poder de un jefe guerrero. Pero solamente el imperio de un jefe guerrero podría haber creado capitales con templos y escuelas religiosas para estudiar el movimiento de las estrellas. La agresión de la que los seres humanos somos capaces es ciertamente una condición previa para que las guerras tengan lugar, pero no es la causa fundamental. ¿Acaso eran los jóvenes de Austro-Hungría más agresivos en 1914 que, digamos, en 1880? ¿O fue que el Káiser se hizo más agresivo en sus últimos años? A menudo la agresividad y el odio de un pueblo hacia sus vecinos debe ser animado para que la gente esté más dispuesta a ir a la guerra o dejar a sus hijos ir. A menudo también se tiene que refrenar la agresividad de los soldados. Y por otro lado, algunos seres humanos han sido entrenados para pertenecer a unidades especiales de luchadores natos, como por ejemplo los boinas verdes en Vietnam, una unidad del ejército moderno compuesto por hombres de primera línea que actuaban con disciplina y fiabilidad, dejándose llevar cuanto menos posible por sus emociones. La capacidad de los seres humanos para perseguir objetivos fríamente y para actuar sin pasión alguna es, quizás, todavía más peligrosa que la capacidad para la agresión. A pesar de la importancia de los esfuerzos pedagógicos para reducir la agresión, para promover el entendimiento entre las diferentes culturas, para enseñar la capacidad de resolver los conflictos personales pacíficamente, ninguna de estas medidas pueden por sí solas eliminar las causas de la guerra. La economía de mercado que en la actualidad dirige las relaciones humanas sobre nuestro planeta tiene como objetivo, como ninguna otra estructura social antes tuvo, producir cada día más bienes que requieran menos trabajo, así como invertir los excedentes inmediatamente en incrementar la producción y la productividad. Esto no sólo nos conduce al momento en el que el planeta estará pronto alcanzando el límite de lo que puede aguantar ecológicamente hablando, sino que también a las raíces de las nuevas guerras. Se dice que las guerras del futuro se llevarán a cabo por la obtención de los cada días más escasos recursos, como por ejemplo el agua. Esto es concebible. Pero de la misma manera, es concebible que las guerras del futuro se lleven a cabo entre los bloques gigantes de multinacionales económicas y tengan como objetivo quién vende qué a quién. Para evitar futuras guerras, los seis billones de seres humanos, que pronto serán siete u ocho billones, tendrán que ponerse de acuerdo en adoptar nuevas estructuras económicas y sociales. Solamente cuando ellos sepan algo de los otros y puedan actuar considerando al otro, entonces, podrán evitar el creciente peligro de perjudicar a todos producido por la búsqueda de las ventajas personales. No tiene sentido seguir hablando de aumentar constantemente la productividad, producir cada día más bienes con el menos trabajo posible; el intercambio de bienes comerciales no debería estar más en la base de cualquier intercambio humano. El hecho que las cosas se pueden producir cada día con menos esfuerzo laboral no debería llevarnos a producir más, sino que debería llevarnos a usar ese tiempo libre intercambiando servicios entre todos: arte, ocio, atención, salud, educación, investigación, deportes, filosofía .... Si cada utensilio pudiera realizar su propio trabajo, obedeciendo o anticipándose a la voluntad de los otros, como las estatuas de Dédalo, o los trípodes de Éfeso, de los que dice el poeta "que por su propio acuerdo entraron en la asamblea de los dioses"; si, de igual manera, la lanzadera tejiese por sí sola y el plectro tocase la lira sin una mano que le guiase, entonces los dueños de los talleres nunca más necesitarían sirvientes, ni los amos esclavos. Aristóteles. ¿Acaso no hayamos ya alcanzado ese estadio? |