Martin Auer: La guerra extraña, Historias para educar en la paz

   
 

La Gran Guerra de Marte

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Traducido por Gema González Navas

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El Soñador
El Niño Azul
El Planeta de las Zanahorias
Miedo
Otra Vez Miedo
La Extraña Gente del Planeta Hortus
Cuando los soldados llegaron
Dos Luchadores
Cuerpo a cuerpo
La Gran Guerra de Marte
El Esclavo
Los Granjeros a los que se les Daban Bien los Números
La Extraña Guerra
Arobanai
Serpiente Estelar
Atasco
Los Dos Prisioneros
Justicia
Dinero
Historia de un Rey Bueno
Informe para el Consejo de los Sistemas Solares Unidos
Hablando Claro
La Bomba
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La gran guerra de Marte llegó a su fin.

Agotados y apesadumbrados, los Gnuffs rosas volvían a casa destrozados. "Ni una guerra más. ¡Nunca más!", gimoteaban. Habían perdido la guerra.

Agotados y cansados, los púrpura Moffers también regresaban a casa destrozados. "Ni una guerra más. ¡Nunca más!", lloriqueaban. Habían ganado la guerra.

Pero en el campo de batalla yacían casi tantos cadáveres Moffers como Gnuffs. Se había derramado una  gran cantidad de sangre verde. El Presidente Supremo de los Gnuffs y el Gran Rey de los Moffers se encontraron a la orilla del río que hacía de frontera entre los dos países para acordar un tratado. "Nunca más habrá una guerra entre los Gnuffs y los Moffers", se prometieron los unos a los otros. En ambos países se celebró la paz con grandes fiestas.

"¡Retiremos a nuestro General!", gritaban los Gnuffs en sus festejos.

"¡Jubilemos a nuestro Mariscal", gritaban los Moffers en sus celebraciones.

"¡Pondremos a los soldados a plantar fresas!", chillaban los Gnuffs.

"¡Daremos máquinas de coser a los soldados!", exclamaban los Moffers.

Pero el General de los Gnuffs dijo: "No podemos hacer eso. Si dejamos de tener un General y soldados, entonces los Moffers se nos echaran encima. ¡Tenemos que tener un ejército poderoso y alerta para que no vuelva a haber otra guerra!".

Y el Mariscal de los Moffers dijo: "No podemos hacer eso. Cuando los Gnuffs vean que carecemos de ejército, se vengarán de nosotros por haber perdido la guerra. ¡Necesitamos soldados y un Mariscal!".

"Bueno, probablemente tiene razón", refunfuñaron los Gnuffs.

"Posiblemente, está en lo cierto", gruñían los Moffers.

Todos volvieron a sus casas y a sus trabajos, los Gnuffs a sus torres y los Moffers a sus cuevas.

El General de los Gnuffs se dijo a si mismo: "Yo no quiero otra guerra, pero si no les demuestro que soy un valioso General, me retirarán de mi cargo". Así, le dijo al Presidente Supremo: "Nuestro ejército necesita más espadas para no ser atacados jamás. Suba los impuestos, por favor, para que podamos comprar más espadas a los herreros". Y el Presidente Supremo lo hizo. Los herreros dijeron para si: "No queremos otra guerra, pero si vendemos muchas espadas, podremos pagar colegios privados a nuestros hijos". Los empleados de los herreros se dijeron: "No queremos otra guerra, pero si decimos que no queremos hacer espadas, nuestros jefes nos despedirán y nuestros niños no tendrán nada para comer".

Y el Mariscal de los Moffers se dijo a si mismo: "Yo quiero la paz, pero si no les demuestro que soy capaz de ser un Mariscal, podrían despedirme". Así, le dijo al Gran Rey de los Moffers: "He oído que los Gnuffs están comprando espadas para su ejército. Por favor, suba los impuestos, para que podamos contar con más soldados en nuestras tropas". Y el Gran Rey subió los impuestos y más soldados se unieron al ejército. Los granjeros dijeron para si: "Queremos la paz, pero si no vendemos patatas al ejército, no podremos pagar los nuevos impuestos". Y los sastres se dijeron: "Queremos la paz, pero cuantos más soldados haya en el ejército, más uniformes podremos vender". Y los fabricantes de lanzas dijeron: " Queremos paz, pero cuantos más soldados haya, más lanzas podremos vender".

Después sucedió que un inventor Gnuff descubrió un veneno, un veneno terriblemente maligno. Pero era inofensivo para los Gnuffs y mortífero para los Moffers. "No quiero hacer nada malo a nadie", se dijo el inventor, "pero si guardo mi invento para mí mismo, no podré pagar a la lechera". Y así escribió en un libro cómo fabricar el veneno.

Y sucedió también que un profesor Moffer descubrió cómo construir una bomba capaz de destruir todo sobre la tierra salvo a los Moffers porque éstos vivían en cuevas. "No deseo el mal a nadie", se dijo el profesor, "pero tengo que dar a conocer mi invento para que la gente no piense que no sé nada de mi tema". Y escribió en un libro cómo fabricar la bomba.

Cuando el Mariscal de los Moffers se enteró, le dijo a su Gran Rey: "Necesitamos fabricar esa bomba porque he oído que los Gnuffs tienen un terrible veneno que pueden usar contra nosotros"

Y el General Gnuff dijo al Presidente Supremo: "Tenemos que producir ese veneno porque he oído que los Moffers tienen una bomba peligrosa que pueden usar en nuestra contra".

Y así el veneno se mezcló ...

... y la bomba se construyó.

Y los Gnuffs construyeron una pistola de agua gigante para lanzar el veneno a los Moffers.

Y los Moffers construyeron un globo gigante para poder lanzar la bomba a los Gnuffs.

El Presidente Supremo de los Gnuffs dijo en un discurso: "Ahora no puede haber otra guerra porque queremos la paz, y los Moffers no se atreverán a atacarnos porque tenemos un terrible veneno".

Y el Gran Rey de los Moffers dijo en un discurso: "Ahora habrá siempre paz porque no queremos guerra, y los Gnuffs no se atreverán a atacarnos porque tenemos una bomba terrible".

Un día los herreros Gnuffs dijeron: "No tenemos suficiente hierro para todas las espadas, arados, guadañas y carros que podemos construir. ¡Tenemos que ir a la Isla del Hierro para coger hierro!".

Y los herreros Moffers dijeron: "Necesitamos más hierro para nuestras lanzas, carros, arados y guadañas. ¡Tenemos que ir a por hierro a la Isla del Hierro!".

Así los Gnuffs enviaron un barco a la Isla del Hierro ...

... y los Moffers también enviaron otro barco a la Isla del Hierro.

Cuando los barcos volvieron, los marineros dijeron a todo el mundo que los otros también habían cogido hierro de la isla.

"¡Los Moffers están cogiendo nuestro hierro!", anunció un periódico Gnuff.

"¡Los Gnuffs quieren todo el hierro para ellos!", se leía en un periódico Moffer.

Los titulares eran bastante exagerados, pero todo el mundo sabe que los periódicos con noticias sensacionalistas venden más que los que dicen que no todo está tan mal. Y quizás deberían haber comprobado antes si había suficiente hierro para todo el mundo. Pero la gente que se dedica a la prensa también quiere ganar dinero, como todo el mundo.

Y los Moffers se asustaron de los Gnuffs de nuevo ...

... y los Gnuffs se asustaron de nuevo de los Moffers.

"Tenemos que tener la Isla del Hierro para nosotros solos", dijeron algunos Gnuffs, "o no habrá paz alguna".

"La Isla del Hierro tiene que pertenecernos", dijeron algunos Moffers, "o habrá otra guerra".

"Si no tenemos hierro para los arados, no tendremos nada para comer", dijeron algunos Gnuffs, " y entonces nuestro terrible veneno tampoco nos ayudará".

"Si no tenemos hierro, nos moriremos de hambre", dijeron algunos Moffers, "y entonces nuestra bomba gigante no ayudará para nada tampoco".

Y los Gnuffs enviaron un navío de guerra a la Isla del Hierro ...

... y los Moffers enviaron un navío de guerra a la Isla del Hierro.

Entonces la batalla estaba igualada ...

... los Gnuffs enviaron otro navío de guerra ...

... y los Moffers enviaron otro navío de guerra.

"¡No podemos permitirles construir más navíos de guerra!", dijo el General Gnuff y atacó con sus tropas el astillero de los Moffers.

"¡Tenemos que impedirles construir barcos!", dijo el Mariscal Moffer y atacó con sus tropas el astillero de los Gnuffs.

"¡Nos han atacado!", gritaron los Gnuffs.

"¡Nos han dado!", gritaron los Moffers.

"Queremos vivir en paz", dijo el General de los Gnuff, "pero ahora es demasiado tarde. ¡Tenemos que vaporizarlos con nuestro veneno antes de que nos lancen la bomba!"

"¡No queríamos otra guerra!", dijo el Mariscal de los Moffer, "pero ahora es demasiado tarde. ¡Tenemos que lanzarles la bomba antes de que nos vaporicen con su veneno!"

Y llenaron la pistola de agua con el veneno ...

... y el globo despegó.

"¡Hemos acabado con ellos!", dijeron los Gnuffs.

"¡Hemos acabado con ellos!", dijeron los Moffers.

"¡Y con nosotros también!", dijeron los Gnuffs cuando vieron al globo elevarse lentamente.

"¡Y con nosotros también!", dijeron los Moffers cuando vieron la pistola de agua aparecer en el horizonte.

"¡Quizás no debería haber inventado el veneno!", dijo el inventor.

"¡Quizás no debería haber inventado la bomba!", dijo el profesor.

"¡Quizás no deberíamos haber fabricado las espadas!", dijeron los herreros.

"¡Quizás no deberíamos haber fabricado las lanzas!", dijeron los fabricantes de lanzas.

"¡Quizás no deberíamos haber cosido tantos uniformes!", dijeron los sastres.

"¡Quizás no deberíamos haber distribuido tantas patatas!", dijeron los granjeros.

"¡Quizás no deberíamos haber exagerado tanto!", dijo la gente de la prensa.

"¡Quizás deberíamos haber sido más fieles a la verdad!", dijeron la gente que escribía en las revistas.

"¡Quizás no deberíamos habernos hecho soldados!", dijeron los soldados.

"¡Quizás deberíamos haber retirado a nuestro General!", dijeron los Gnuffs.

"¡Quizás deberíamos haber jubilado a nuestro Mariscal!", dijeron los Moffers.

Y entonces un Gnuff dijo a sus amigos: "No hay manera de salvarnos. Pero los Moffers, finalmente, no han sido peores ni más mezquinos que nosotros". Y se subieron a la pistola de agua y la destruyeron justo antes de que empezara a vaporizar el veneno.

Y unos pocos Moffers comentaron entre ellos: "Ahora vamos a morir por nuestra estupidez. Pero los Gnuffs al menos deberían saber que había unos pocos Moffers que eran gente de bien". Y agarraron las cuerdas y subieron a lo alto del globo explotándolo antes de que llegara a los Gnuffs.

"¡Los Moffers nos han salvado!", dijeron los Gnuffs asombrados cuando vieron que la bomba no los había destrozado.

"¡Los Gnuffs han dado su vida por nosotros!", susurraron los Moffers, completamente sorprendidos al ver que el veneno no los había alcanzado.

Y todos dejaron sus espadas y sus lanzas en el suelo, se sentaron  y murmuraron: "¡Qué cerca hemos estado del fin!". Estaban tan emocionados que algunos de ellos empezaron a llorar.

Jubilaron al General y al Mariscal, al igual que al Presidente Supremo y al Gran Rey y se dijeron: "¡Esta vez tenemos que ser un poco más despabilados!"

   
 

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