Martin Auer: La guerra extraña, Historias para educar en la paz

   
 

El Niño Azul

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Traducido por Gema González Navas

Revisado por Andrea Pichoni

El Soñador
El Niño Azul
El Planeta de las Zanahorias
Miedo
Otra Vez Miedo
La Extraña Gente del Planeta Hortus
Cuando los soldados llegaron
Dos Luchadores
Cuerpo a cuerpo
La Gran Guerra de Marte
El Esclavo
Los Granjeros a los que se les Daban Bien los Números
La Extraña Guerra
Arobanai
Serpiente Estelar
Atasco
Los Dos Prisioneros
Justicia
Dinero
Historia de un Rey Bueno
Informe para el Consejo de los Sistemas Solares Unidos
Hablando Claro
La Bomba
Prólogo
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Lejos, más allá de las estrellas, todo es diferente de aquí. E incluso mucho más allá de allí, todo es todavía más diferente de allí.

Pero si uno vuela muy lejos, mucho más lejos en la distancia, al lugar donde todo es completamente diferente de cualquier otro lugar, quizás allí será todo casi exactamente como aquí.

Quizás, en esa región tan lejana, hay un planeta tan grande como la Tierra, y quizás hay gente que vive en ese planeta, gente que se nos parecen muchísimo, salvo que ellos son azules y pueden plegar sus orejas cuando no quieren escuchar algo.

Y quizás, en ese lejano planeta, estalló una guerra en la que  murieron muchas personas azules y quedaron muchos huérfanos. En las ruinas de una casa destrozada por las bombas, había un niñito azul sentado que lloraba porque había perdido a su padre y a su madre. Estuvo sentado allí durante mucho tiempo, llorando sin parar, pero después paró porque había llorado todas las lágrimas que tenía. Se subió el cuello de la camisa, metió las manos en los bolsillos y se fue. Daba patadas a cuantas piedras veía y pisoteaba cuantas flores veía.

Un perrito se acercó a él, lo miró y empezó a mover la cola. Después dio media vuelta y comenzó a caminar al lado del niño, como si hubiera decidido acompañarlo.

"¡Vete, vete!", dijo el niño al perro. "Te tienes que ir. Si te quedas conmigo, tendré que amarte y yo no quiero amar a nadie más en mi vida"

El perro le volvió a mirar y meneó su cola alegremente. Entonces el niño encontró un fusil tirado al lado del cuerpo de un soldado muerto. Lo cogió y se lo enseñó al perro. "¡Este fusil puede matarte!", dijo con rabia. Así que el perro escapó.

"¡Te voy a llevar conmigo!", dijo el niño al fusil. "Serás mi buen amigo". Y con el fusil disparó un tiro a un árbol seco.

Después se encontró en medio de un campo una moto voladora que había sido abandonada. Se subió a ella e intentó ponerla en marcha: la moto voladora funcionaba.

"Ahora", dijo, "tengo un fusil y una moto voladora. Serán mi familia. Podía haber tenido también un perro, pero si lo hubieran matado, yo me hubiera muerto a llorar".

Voló un rato en su moto hasta que vio una casa de la que salía humo.

"Ahí todavía vive alguien". Rodeó la casa desde el aire y miró a través de las ventanas. Solamente había una señora mayor que estaba haciendo la comida.

El niño aterrizó enfrente de la casa, cogió su fusil y entró. "¡Tengo un fusil!", dijo a la señora mayor. "Tendrás que darme algo de comer".

"Claro, te lo hubiera dado de todas maneras", dijo la viejecita. "Puedes entrar sin problema y guardar tu fusil".

"¡No quiero que seas amable conmigo!", dijo el niño enfadado. "¡Este fusil puede matarte"

Entonces, la señora mayor le dio algo para que comiese y él se marchó.

Así vivía el niño ahora. Se había preparado un escondrijo en una casa abandonada. Cuando tenía hambre, salía en su moto a buscar gente y les obligaba con su fusil a que le dieran algo de comer.

Otras veces, sobrevolaba los ahora vacíos campos de batalla y recogía los trozos de armas, tanques y camiones que habían quedado allí. Se los llevaba todos a su escondite secreto.

"Voy a construirme un robot blindado gigante", se decía a sí mismo. "Medirá cien metros, pesará cien toneladas y en lo alto de su cabeza, allí, colocaré mi cabina de control. Entonces, tendré verdadero poder y nadie podrá hacer nada contra mí"

Un día llegó una niña a su escondite. El niño salió con su fusil en mano y le dijo: "¡Vete de aquí, que te puedo matar!"

"No te quiero molestar", respondió la niña. " Sólo he venido para ver si los champiñones habían empezado a crecer de nuevo.

"¡Te tienes que ir, te digo! Yo no quiero nadie a mi lado"

"¿Pero es que estás aquí tú solo?", preguntó la niña.

"No", contestó el niño. "Tengo un fusil y una moto voladora: son mi familia. ¡Y un día tendré un robot blindado gigante!".

"Pero, ¿de verdad que no tienes a nadie vivo a tu lado?"

"Podría haber tenido un perro. Pero si alguien me lo hubiera matado me hubiera muerto yo mismo de pena"

"Yo tampoco tengo a nadie a mi lado", dijo ella. ¿Podríamos quedarnos juntos?

"Yo no quiero estar con alguien a quien se le pueda matar con un fusil"

"Pues, entonces, vas a tener que encontrar a alguien a quien un fusil no pueda matar", dijo la niña y se marchó.

Y así, el niño se construyó un robot blindado gigante y se metió dentro. Se sentó a lo alto de la cabeza del robot, donde había construido la cabina de control y empezó a recorrer el país dentro de su robot. La gente de todos los lugares, al verlo llegar, se ponían a gritar y empezaban a correr de un lado para otro, pero no podían escapar de un robot blindado gigante.

El niño tenía un micrófono en su cabina y todo lo que decía salía amplificado de la boca del robot gigante. "¿Hay alguien a quien un fusil no pueda matar por ahí?", preguntaba a gritos el robot. Pero allí donde iba la gente huía de él y jamás encontraba a alguien a quien una pistola no pudiera matar.

Un día vio desde lo alto de su cabina a alguien que no salía corriendo, sino que al contrario permanecía parado gritándole algo. Pero estaba tan alto que no lograba escuchar lo que la persona le decía.

"¿A lo mejor es alguien a quien un fusil no puede matar?", se preguntó el niño mientras bajaba. Era la señora mayor que había cocinado para él hacía ya algún tiempo.

"¿Querías decirme algo?", preguntó el niño.

"Sí,", dijo la ancianita. "He oído hablar de alguien a quien un fusil no puede matar y pensé que debía contártelo."

"¿Y quién es él?", preguntó el niño.

"Es un hombre mayor que vive en la luna"

"Entonces, tengo que ir a buscarlo", dijo el niño, "porque yo no quiero estar con nadie a quien un fusil pueda matar".

Pulsó un botón y de repente su robot blindado gigante se convirtió en un cohete blindado gigante y voló hacia la luna.

Allá a lo alto, en la luna, el niño tuvo que buscar durante un largo rato. Pero finalmente encontró al anciano sentado junto a su telescopio desde el que observaba el planeta azul.

"¿Eres tú el hombre al que un fusil no puede matar?", preguntó el niño al anciano.

"Me parece que sí", respondió el anciano.

"¿Qué estás mirando con tu telescopio?"

"Estoy estudiando a la gente del planeta de ahí abajo".

"¿Puedo quedarme aquí contigo?, preguntó el niño.

"¡Quizás!", dijo el anciano, "pero, ¿qué tengo yo de especial que te quieres quedar conmigo?"

"Es que yo no quiero quedarme con nadie si un fusil le puede matar. Cuando mis padres murieron, prometo que lloré todas las lágrimas que en mí había. Podría haber tenido un perro, pero si alguien me lo hubiera matado, yo me hubiera muerto igualmente de tanto llorar. Me hubiera podido quedar con una señora mayor y también con una niña, pero ellas no estaban equipadas contra las balas de fusiles y si alguien me las hubiera matado, yo hubiera igualmente muerto de llanto.

"Está bien", respondió el anciano. "Puedes quedarte conmigo. Nadie me va a matar porque aquí no hay fusiles"

"¿Es ésa la única razón?", preguntó el niño.

"Sí, solamente eso", dijo el anciano.

"Pero yo he traído mi fusil conmigo"

"¡Qué lástima!", dijo el anciano. "Ya no puedes quedarte conmigo. Me podrías matar con tu fusil".

"Entonces, me tengo que volver a ir", dijo el niño.

"Efectivamente", dijo el anciano.

"¡Qué pena!", sollozó el niño.

"¿Te da pena?", le preguntó el anciano.

"Sí, me hubiera gustado quedarme aquí"

"¿Quizás podrías deshacerte de tu fusil?", dijo el hombre mayor.

"Quizás", dijo el niño.

"Y de esa manera podrías quedarte conmigo", dijo el anciano.

"Quizás", volvió a contestar el niño. "¿Y qué haría aquí?

"Podrías mirar por el telescopio y quizás descubrir por qué la gente de ahí abajo está siempre luchando en una guerra."

"¿Y por qué hay guerras?"

"¡Uf! Te prometo que no tengo respuesta a esa pregunta. Me parece que todo tiene que ver con no conocerse demasiado unos a los otros. Son tantos y sus vidas son tan complicadas que, creo yo, que no sospechan cómo sus actos pueden afectar a los demás. Creo que ni siquiera saben de dónde viene la carne que comen o adónde va el pan que hornean. Tampoco creo que saben que el hierro que extraen de la tierra se usa para hacer tanques y cañones. Quizá tampoco saben si la carne que comen ha sido antes robada a otros o no. Si se pudieran ver desde aquí, a lo mejor llegarían a comprender muchas más cosas más fácilmente."

"Pero ..., entonces ..., ¿tendría alguien que enseñárselo?", dijo el niño.

"Quizás", contestó el anciano. "Pero yo soy muy viejo y estoy muy cansado para eso."

En ese momento el niño dejó caer su fusil en el espacio hacia el planeta donde se rompió en mil trozos.

El niño se quedó mucho, muchísimo tiempo con el anciano en la luna mirando por el telescopio y estudiando a la gente de allí abajo. Y a lo mejor un día él bajará al planeta y les explicará qué estaban haciendo mal.

   
 

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