Martin Auer: La guerra extraña, Historias para educar en la paz

   
 

Serpiente Estelar

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Traducido por Gema González Navas

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El Soñador
El Niño Azul
El Planeta de las Zanahorias
Miedo
Otra Vez Miedo
La Extraña Gente del Planeta Hortus
Cuando los soldados llegaron
Dos Luchadores
Cuerpo a cuerpo
La Gran Guerra de Marte
El Esclavo
Los Granjeros a los que se les Daban Bien los Números
La Extraña Guerra
Arobanai
Serpiente Estelar
Atasco
Los Dos Prisioneros
Justicia
Dinero
Historia de un Rey Bueno
Informe para el Consejo de los Sistemas Solares Unidos
Hablando Claro
La Bomba
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Aquí estoy. Estoy bailando. Bailamos en línea, pintados y adornados en honor del dios. Pronto estaremos con Huitzilopochtli; pronto escoltaremos al sol en el cielo. Éramos guerreros y ahora somos prisioneros. Bailamos en una gran línea a la cabeza de la cual se sitúan los Grandes Sacerdotes. Bailamos en una gran línea y uno tras  otro vamos muriendo, como sacrificio a los dioses. Pronto empuñarán el puñal de piedra negra también en nuestros pechos. Mi sangre brotará en el altar y cortarán mi corazón. Mi sangre es alimento de los dioses. Mi sangre es alimento para Huitzilopochtli, el sol. Bailo. Me dan pulque para beber. Ahora me siento ligero y bailo. Al principio estaba triste porque no conseguí aprisionar al enemigo, pero ahora me siento ligero: gracias a mí la Tierra se salvará, mi sacrificio calmará a los dioses para que no destruyan la Tierra. Subiré hasta Huitzilopochtli y viajaré con él por el cielo. Y entonces me convertiré en un colibrí como todos los guerreros valientes que mueren en la batalla, que son sacrificados en la batalla y que volarán de flor en flor para ser siempre felices mientras la Tierra exista. Así ha sido siempre y así debe ser.

Bailo y me acerco cada vez más al altar. Bailo y mientras bailo recuerdo:

Nací el primer día del mes de Ocelotl, con lo que el destino me predestinó morir como un prisionero de guerra. Cuando vine al mundo, la matrona me dijo: "Queridísimo hijo, que sepas que tu casa no es la casa de tu nacimiento, porque tú eres un guerrero, tú eres un pájaro Quecholli, y la casa en la que viniste al mundo es sólo un nido. Tú estás destinado a refrescar al sol con la sangre de tus enemigos y a alimentar a la Tierra con sus cuerpos." Ésta era la forma de dar la bienvenida a los niños.

Si hubiera sido una niña, se me hubiera dicho: "Tienes que estar en la casa como el corazón está en el cuerpo. No debes abandonar la casa. Has de ser como la ceniza en la estufa."

Se hicieron muchos discursos para celebrar mi nacimiento. Parientes y amigos vinieron y se pidió al sacerdote astrólogo que leyera el calendario sagrado que predeciría mi destino. Él eligió el día para mi rito de inmersión y en ese día se me salpicó con agua varias veces. Y la matrona dijo: "Toma y recibe esta agua porque vivirás sobre el agua de la Tierra, crecerás y te enverdecerás por el agua. El agua te dará lo que necesitas para vivir." Luego, eligieron que me llamase Citlalcoatl,  Serpiente Estelar.

Durante ocho años de mi vida viví en la casa de mi padre. Tan pronto como pude caminar y hablar, tuve que ir a coger agua y madera e ir con mi padre al mercado. También aprendí a pescar y a navegar. Mis hermanas, sin embargo, aprendieron a coser y tejer, limpiar la casa y plantar maíz sobre las piedras. Cuando tuve ocho años mi padre me envió al calmecac, la escuela del templo, en vez de a la ordinaria escuela de guerreros. "Escucha hijo mío," me dijo, "Nunca cosecharás honor o respeto. Serás ignorado, desdeñado y degradado. Cada día cortarás espinas de agave para hacer penitencia. Te pincharás con las espinas y ofrecerás tu sangre como sacrificio y por la noche te despertarán para que te bañes en agua fría. Reviste tu cuerpo en el frío y cuando llegue el tiempo del ayuno procura no desfallecer y no dejes a nadie ver tu debilidad durante el ayuno y los ejercicios de penitencia."

Aprendí a ser un hombre en el colegio del templo. Me pedían sacrificio y abnegación. Por la noche, en las montañas, teníamos que ofrecer incienso y nuestra sangre a los dioses. De día teníamos que trabajar arduamente en los campos del templo. Había castigos severísimos incluso por las infracciones más insignificantes. Muchas veces lloré pensando qué duro era ser un guerrero y un hombre. Pero con el paso del tiempo me hice fuerte. Y miré con despecho a los chicos que iban a la escuela normal de guerreros. Ellos tenían que cortar madera y limpiar los diques y los canales y cultivar los campos de la comunidad. Pero al atardecer iban al cuicacalco, la casa de del cante y el baile y cantaban y bailaban hasta la medianoche y dormían con chicas con las que no iban a casarse. Ellos sólo sabían de guerreros cuyas acciones admiraban y querían imitar. Ellos no sabían nada de temas más elevados como la ciencia, el arte, el culto a los dioses.

A nosotros, los estudiantes del calmecac, se nos había elegido para tareas más elevadas. Podríamos llegar a ser sacerdotes o funcionarios. Aprendí la autodisciplina y la tenacidad en la escuela del templo, pero también aprendí a hablar y a dirigirme a la gente con decencia, usando las costumbres que prevalecían en la corte del rey. Aprendí cómo tratar a los funcionarios y a los jueces. También aprendí astronomía y a interpretar los sueños, el cálculo de los años y el calendario astrológico. Aprendí a dibujar signos, imágenes numéricas y nombres y a descifrar las escrituras de nuestros antecesores. Aprendí también los himnos sagrados de nuestra gente, las canciones con las que se veneraba a los dioses y las canciones que daban cuenta de la historia de los Aztecas. Nosotros somos un pueblo grandioso y poderoso y somos temidos por todos los pueblos de la Tierra.

Hace mucho tiempo nos fuimos de Aztlán, nuestra primera tierra, de la que los Aztecas tomaron su nombre. Las leyendas nos decían que Aztlán estaba rodeado de agua y que vivíamos allí de la pesca. Al principio éramos pobres. Nos vestíamos con pieles de animales y no teníamos más que flechas y arcos para nuestras lanzas. No éramos mejores que los pueblos del bosque que vivían en el norte de nuestro imperio. Nuestros líderes eran cuatro sacerdotes, que llevaban hornacinas hechas con cañas. En las hornacinas iba nuestro dios, Huitzilopochtli, que les hablaba y les decía lo que tenían que hacer. Cuando abandonamos Aztlán, nuestro dios nos ordenó que nos llamásemos "el pueblo de la luna", los Mexicanos.

Cada vez que encontrábamos un buen sitio, nos quedábamos allí unos cuantos años. Plantábamos maíz pero nunca permanecíamos allí el tiempo suficiente como para recogerlo. Normalmente vivíamos de la caza de ciervos, conejos, pájaros y serpientes y de todo lo que crecía en la tierra.

Pero nuestro dios nos prometió: "Debéis asentaros y estableceros para conquistar a los pueblos del mundo; y en verdad os prometo que os haré señores y reyes de todo lo que existe en el mundo; y gobernareis y tendréis innumerable vasallos que os pagarán tributos y os colmarán con joyas hechas de piedras preciosas, oro, plumas del pájaro Quetzal, esmeraldas, corales y amatistas. Y también tendréis muchas clases de plumas y cacao y algodón de muchos colores. ¡Todo esto os sucederá!"

Algunos dicen que Huitzilopochtli no era nuestro dios al comienzo. Nuestra tribu consistía de siete clanes y cada clan tenía su propio consejero y elegía a su propio líder. Y también se decía que cada clan tenía su propio dios. Pero Huitzilopochtli era el más grande de todos, el dios del sol y de la guerra. Recorrimos muchas tierras, algunas desoladas y deshabitadas, otras pobladas y en éstas tuvimos que luchar con sus habitantes. En algunos lugares permanecimos largas temporadas y construimos templos para nuestro dios. Pero siempre nos sentimos impulsados a querer más. A menudo teníamos que abandonar a nuestros ancianos cuando nos movíamos de un sitio a otro. Algunas veces grupos de nuestra tribu tenían que separarse y continuar el viaje en otra dirección. Pero, otras personas, como por ejemplo cazadores que nunca habían pertenecido a ningún pueblo, se nos unían. Finalmente llegamos a una bella tierra que estaba entre las montañas y que hoy lleva nuestro nombre, México. Estaba situada sobre dos mares, protegido y rodeado de montañas y de manantiales eternos que brotaban por doquier. Muy raramente había heladas y cuando hacía calor en verano, por las noches refrescaba siempre. Los manantiales de las montañas regaban nuestra tierra y en las llanuras del valle había cinco lagos, rodeados de pueblos y ciudades.

Una vez hubo allí un poderoso imperio, el Imperio de Tula, la ciudad del dios Quetzalcoatl. Pero Quetzalcoalt, el dios de las artes y el calendario, abandonó su ciudad y como consecuencia el imperio se vino abajo. Las ciudades y los pueblos de las lagunas eran pequeños y carecían de un único gobernante. Cada tribu vivía por sí misma con sus costumbres y sus dioses propios.

Encontramos un hogar en un sitio llamado Chapultepec. Allí elegimos por primera vez a un líder para toda la tribu tras haber tenido que luchar en muchas guerras con los vecinos. Necesitábamos un jefe que tuviera experiencia en la guerra. Nuestros vecinos comenzaban a temer por su propio bienestar y el de sus hijos cuando nos asentamos allí y nos atacaron. Nos defendimos bien pero cuando ellos se hicieron más fuertes que nosotros consiguieron arrasarnos. Capturaron a nuestro jefe y lo sacrificaron y nosotros tuvimos que rendirnos ante nuestros vecinos.

Los gobernantes de Culhuacán nos cedieron unos territorios, que estaban repletos de serpientes, a dos horas de distancia de la ciudad. Nos obligaron a vivir allí porque nos tenían miedo y no nos querían que estuviésemos cerca de ellos. Pero capturamos a las serpientes y las freímos porque después de nuestro eterno ir y venir estábamos acostumbrados a cualquier penalidad. Por eso nos llaman los comedores de serpientes. Pero nos respetaron porque habíamos sobrevivido a algo que nadie antes había sobrevivido. Enseguida pudimos empezar a negociar con ellos. Se casaron con nuestras hijas y nosotros con las suyas y nos hicimos parientes. Cuando libraban guerras con sus enemigos nos llamaban para que les ayudásemos y nosotros fabricábamos armas y los salvábamos. Pero cuando vieron lo buenos guerreros que éramos se asustaron y no nos lo agradecieron, sino que decidieron iniciar una guerra contra nosotros.

Tuvimos que escapar de allí y volver a Acatzintlán, donde hicimos flechas y balsas con nuestros escudos, y flotando por el agua llegamos a una pequeña isla en el lago.

Y entonces uno de los sacerdotes de Huitzilopochtli tuvo una visión en la que el dios se le aparecía y le decía que buscásemos un cactus nopal con un águila sentada encima. Este lugar se llamaría el 'lugar del higo chumbo', Tenochtitlán, y allí deberíamos fundar una ciudad. Buscamos y encontramos el águila sentada en el cactus comiéndose un higo chumbo rojo de la misma manera que el sol se comía los corazones de los guerreros. Allí cortamos trozos de hierba y los apilamos en una colina sobre la que erigimos una capilla hecha de cañas en honor a Huitzilopochtli. "Aquí", nos dijo Huitzilopochtli, "aquí nos convertiremos en señores de todas las tribus, de su propiedad, de sus hijos e hijas. Aquí nos servirán y nos pagarán tributos. En este lugar fundaremos una ciudad famosa destinada a convertirse en la reina y señora de todas las demás, en la que un día recibiremos a todos los reyes y princesas que vendrán aquí a rendir homenaje a la ciudad más poderosa."

Así que de nuevo estábamos en un lugar rodeado de agua, como nuestra antigua tierra, Aztlán.

Y siguiendo nuestras antiguas costumbres, dividimos la ciudad en cuatro espacios sagrados. La ciudad tenía cuatro cuartos y cada cuarto estaba dividido en barrios llamados calpulli. Cada calpulli pertenecía a un clan y tenía un templo para el dios de cada clan. La tierra pertenecía a todo el clan y sólo se prestaba a familias individuales.

Había abundancia de pájaros y peces, pero como sólo teníamos una cantidad limitada de tierra, tuvimos que establecer jardines sobre el agua. Trenzamos cañas y construimos muros y entre esos muros construimos estratos de barro y plantas acuáticas hasta que salían del agua para después permitirnos plantar legumbres y maíz sobre ellos.

A los varios años de estar allí, tuvimos enfrentamientos internos y como consecuencia parte de nuestra tribu se marchó y fundó Tlatelolco en una isla cercana.

Vivíamos entre cañas de aquí para allá en nuestra isla pero no teníamos ni piedra ni madera. Habían pasado ya doscientos años desde nuestro abandono de Aztlán.

No nos dimos por vencidos porque nuestra ciudad se situaba en los límites de tres regiones que se habían asentado alrededor del lago: la región de los Tepanec, los Acolhua y los Culhuacán. Íbamos a sus mercados y comerciábamos con ellos. Les llevábamos peces, ranas y animales acuáticos y ellos, a cambio, nos daban madera y piedras para poder construir nuestras casas y templos.

Cuando nuestro jefe y gran sacerdote Tenoch murió, pedimos al gobernante de Culhuacán que nos diera un jefe porque los Mexicanos eran despreciados y no eran importantes y nosotros queríamos aumentar nuestro prestigio teniendo al hijo de un gran príncipe como líder. Le pedimos que nos diera a Acamapichtli, hijo de un Mexicano y de una princesa Culhua, como jefe. Él también era pariente de los Acolhua. Tlatelolco, gobernante de Culhuacán, aceptó nuestra propuesta. Después eligió a un hijo del jefe de los Tepanec para que se convirtiese en líder de su pueblo. Así, teníamos relaciones de parentesco con todas las tribus de alrededor del lago. Acamapichtli gobernó pacíficamente y bajo sus órdenes nosotros construimos casas, jardines acuáticos y canales.

De todos los pueblos alrededor del lago, los Tepanec eran los más poderosos. Libraron guerras contra otras ciudades y cuando las habían conquistado les pedían tributos. Cuando se hicieron todavía más poderosos, también querían que nosotros les pagásemos y como consecuencia entramos en guerra contra ellos en el momento en el que nos lo pidieron.

Cuando nuestro jefe, Acamapichtli, murió, nuestros líderes decidieron que su hijo, Huitzilihuitl, Plumas de Colibrí, fuese su sucesor. Éste, a su vez, se casó con una nieta del jefe Tepanec. De esta manera nuestra situación mejoró y los Tepanec tuvieron que respetarnos. Huitzilihuitl mantuvo guerras con las tierras del sur en las que abundaba el algodón. Así los Mexicanos tuvieron sus primeras ropas de algodón; antes sólo conocían tejidos más ásperos hechos de fibras de agave. En esta época conquistaron Cuauhtinchan, Chalco, Otumba, Tulancingo y otras muchas ciudades. Acamapichtli también empezó la guerra con Texcoco.

Su hijo Chimalpopoca se convirtió en su sucesor. Terminó la guerra con Texcoco y conquistó la ciudad. El gobernante de los Tepanec entregó la ciudad a los Mexicanos y comenzaron a pagarnos impuestos. Todavía por aquellos entonces pagábamos impuestos a los Tepanec.

Pero cuando el gobernante de los Tepanec murió, nosotros ya no queríamos continuar siendo sus súbditos. Nuestra ciudad se hizo más grande y ya no vivíamos en chabolas sino que habíamos construido casas de piedra. Ya no queríamos servir a los Tepanec. A decir verdad el pueblo llano, los granjeros, tenían miedo de la guerra porque habían experimentado el poder de los Tepanec. Por eso, la clase superior, los que eran parientes del jefe, los sacerdotes y los líderes de los guerreros, dijeron: "Si no triunfamos en esta guerra, nos pondremos en vuestras manos y os podréis vengar de nosotros dejándonos pudrir en jaulas mugrientas." Y el pueblo ante esto respondió: "Y nosotros prometemos que os serviremos y trabajaremos para vosotros, construiremos vuestras casas y os reconoceremos como nuestros verdaderos señores si vencéis esta guerra."

Así unimos nuestras fuerzas con los Texcoco, contra los que habíamos luchado anteriormente, para luchar contra los Tepanec. Tuvimos su ciudad sitiada durante ciento catorce días y después los conquistamos. Su gobernante, Maxtla, fue sacrificado y su corazón extirpado. Después se le enterró como a un gobernante.

Ahora los Mexicanos habían conquistado una gran cantidad de tierra. Esta tierra fue distribuida y, según el acuerdo pactado entre la clase superior y el pueblo, los líderes y la clase alta recibió la mayor parte. Los clanes, sin embargo, recibieron solamente una pequeña porción suficiente tan sólo para mantener sus templos. Algunos dijeron que nunca había acordado nada con los superiores y que éstos últimos se lo habían inventado. El pueblo decía que era injusto y que la tierra entera había pertenecido a toda la tribu y que todo el mundo tenía los mismos derechos. Pero, ¿acaso podían defenderse a sí mismos? Los guerreros habían ganado la guerra y expandido el imperio. ¿Y quién se suponía que iba a ser poderoso en esa tierra? ¿Los granjeros que sólo sacaban maíz de la tierra o los guerreros que expandían el imperio y hacían a las otras tribus pagar impuestos? ¿Y quién se aseguraba de que hubiera siempre prisioneros para sacrificarlos en los festivales y evitar con ello la furia de los dioses y su deseo de destruir la tierra?

Cuando estábamos todavía deambulando de un sitio a otro y éramos pobres y desdeñados, entonces sí que todos teníamos los mismos derechos. Eso es verdad. Todos éramos guerreros y granjeros al mismo tiempo. Pero, ¿cómo hubiéramos podido combatir guerras y conquistar ciudades si todos hubieran sido consejeros? ¿Acaso querían que los sacerdotes, los jueces y los funcionarios se pusieran también a cavar la tierra? ¿Cómo podrían ser capaces de desempeñar sus obligaciones?

Ahora tenemos un acuerdo justo por el que todos los hombres jóvenes tienen que hacer el servicio militar. Cuando el niño tiene diez años, le cortamos el pelo de la cabeza pero dejamos una melena en la parte de atrás a la altura de la nuca. Todo aquel que captura a un prisionero por primera vez, aunque sea con la ayuda de sus compañeros, tiene derecho a cortarse la melena y se convierte en un iyac. Pero solamente se convertirá en un tequia el día que capture cuatro prisioneros él solo. Desde ese día todos los cargos y honores están a su disposición. Un tequia recibe un porcentaje de los impuestos que el gobernante recauda, puede llevar plumas y brazaletes de cuero, puede convertirse en un Caballero Jaguar y en un Caballero Águila. El emperador también puede elegir a un tequia para los cargos importantes. Pero el que no triunfa convirtiéndose en un tequia después de una o dos campañas debe ir a los campos, pagar impuestos y quedar a disposición del imperio para trabajar en proyectos públicos. Debe limpiar las calles, reparar las presas y trabajar en los campos de los funcionarios de alto rango. Él no puede llevar ropa de algodón ni ponerse joyas. ¿Acaso no es justo? Pero al que se distingue como guerrero o funcionario se le regala ropa, joyas y tierra. Los otros deben trabajar para él y llenar su despensa de maíz.

Nos hemos convertido en un pueblo grande y rico. Hay maíz, verduras y aves de corral en el mercado. Las mujeres cocinan en pequeñas hogueras varios tipos de carne que nosotros les compramos. Los comerciantes ofrecen textiles, zapatos, bebidas, pieles, cerámica, vestidos, pipas y todo tipo de instrumentos. Los pescadores traen peces, caracoles y gambas del lago a la ciudad. Nuestros comerciantes traen jades y esmeraldas, caparazones de tortugas y pieles de jaguares, ámbar y plumas de loros de las más remotas regiones. Las ciudades que hemos conquistado nos dan como tributo cada año 52.000 toneladas de comida. Los carromatos de mercancía son interminables. Los contribuidores de impuestos tienen que entregarnos 123.000 prendas de algodón y 33.000 fardos de plumas. La provincia de Yoaltepec nos envía cada año cuarenta brazaletes de oro de la anchura de un dedo gordo. Tlachquiauco nos tiene que entregar veinte botellas de polvo de oro. De Xilitepec vienen 16.000 vestidos de mujeres cada año, 16.000 trajes de hombre, dos trajes de guerreros con escudos y tocados y cuatro águilas vivas. De Tochpan llega la pimienta; de Tochtepec el caucho y el cacao. Las provincias nos entregan maíz, grano, cacao, miel, sal, pimienta, tabaco, muebles y cerámica. Tienen que transportar el oro de la costa sur y las turquesas y el jade de la costa este. Huaxtepec nos entrega papel y Cihuautlán mejillones.

¿Acaso no hemos unificado muchas ciudades en un gran imperio? ¿Acaso no vienen nuestros canteros que hacen joyas de las piedras preciosas de Xochimilco? ¿Y los tejedores de plumas que hacen nuestros maravillosos tocados, acaso no vienen de Amantlán? ¿Acaso no los conquistamos y les quemamos sus casas? ¿Y los orfebres, acaso no vienen todavía de lugares más lejanos del sur del imperio?

Tres mil sirvientes ayudan a nuestro emperador Moctezuma, esto sin mencionar todas sus águilas, serpientes y jaguares que comen quinientos pavos al día. En el mes de Uey tecuihuitl, cuando los pobres han acabado con todas sus provisiones, el emperador abre su despensa y hace distribuir comida y bebida entre la gente. Setecientas mil personas viven en la ciudad de Mexico-Tenochtitlán. Hemos fortificado las islas y hemos construido presas en el agua, puentes sobre los canales, templos y palacios, un acueducto que trae agua del Chapultepec a la capital. Cuando el emperador construye un templo, las ciudades contribuyen con piedras y cal. Miles de trabajadores son alimentados por el emperador cuando construyen un templo para los dioses. Nuestros emperadores han construido jardines y baños en los que se han colocado animales y plantas de todo el imperio. Cuando el emperador celebra una fiesta, invita a los gobernantes de las ciudades enemigas y les colma de joyas y maravillosos ropajes. ¿Quiénes son tan ricos y tan poderosos como nosotros, los Mexicanos? Cuando nuestro emperador Ahuitzotl abortó la rebelión de los Huaxteks, las fiestas duraron muchas semanas. Solamente el sacrificio de los prisioneros duró cuatro días. ¡No hay nadie más grande, más fuerte que nosotros!

Pero:

Se dice que no vivimos aquí,
ni hemos venido aquí a permanecer.
Oh, tengo que abandonar las bellas flores,
tengo que bajar a buscar el más allá.
Oh, mi corazón tan sólo se cansa un momento:
Las bellas canciones
sólo nos han sido prestadas.

Los dioses necesitan sacrificios. Debemos alimentar a los dioses con sacrificios para que ellos no destruyan el mundo. Bailo. Los tambores suenan, las flautas gritan, yo bailo. Bailo cada vez más deprisa y más salvajemente. Pronto estaré con Huitzilopochtli. No, yo soy el mismo Huitzilopochtli. ¿Acaso no llevo sus ropas, acaso no visto como él? Ahí está el sacerdote con el puñal de roca negra. Ahora es mi turno.

   
 

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