Martin Auer: La guerra extraña, Historias para educar en la paz

   
 

Justicia

Please share if you want to help to promote peace!

Traducido por Elena Martín

Esta traducción no ha sido revisada aún

El Soñador
El Niño Azul
El Planeta de las Zanahorias
Miedo
Otra Vez Miedo
La Extraña Gente del Planeta Hortus
Cuando los soldados llegaron
Dos Luchadores
Cuerpo a cuerpo
La Gran Guerra de Marte
El Esclavo
Los Granjeros a los que se les Daban Bien los Números
La Extraña Guerra
Arobanai
Serpiente Estelar
Atasco
Los Dos Prisioneros
Justicia
Dinero
Historia de un Rey Bueno
Informe para el Consejo de los Sistemas Solares Unidos
Hablando Claro
La Bomba
Prólogo
Comentarios del autor
Descargar (todas las historias en un archivo para imprimir)
LIbro de visitas
Acerca del traductor
Acerca del autor
Mail for Martin Auer
Licencia
Creative Commons licence agreement

Ahora, amigos, tengo que contaros algo y espero que me creáis. Y si no me creéis, pues, peor para vosotros. Lo que quiero contaros es esto: Una vez, en un pequeño continente de este planeta Tierra (un continente que ahora está completamente cubierto por el agua, de modo que no seríais capaces de encontrarlo en ningún mapa —y cuando este continente existía la cartografía aún no se había inventado, así que tampoco lo encontraréis en los mapas antiguos), de todas formas, en este pequeño continente (que habría sido el séptimo continente si alguien hubiera contado los continentes entonces, cosa que nadie hizo porque en aquel tiempo todavía no se había descubierto ninguno y toda la gente de todos los continentes pensaba que el suyo era el único y de todos modos, por qué iban a molestarse en contar cuando solo había uno) bueno, lo que iba a decir es que este pequeño continente, pero solo el continente, estaba habitado por unas personas muy extrañas. Siento decirlo, pero estas personas estaban locas. Estaban especialmente locas. No eran estúpidos, no. Por ejemplo, habían inventado la rueda antes de que la hubieran inventado en los otros continentes y después de la rueda inventaron el fuego y las pirámides y los teléfonos móviles y la televisión. No, como he dicho estaban especialmente locos. ¿Cómo puedo explicarlo? Bueno, por ejemplo digamos que tenían a una tía que iba a visitarlos. Esta tía llamaba por teléfono móvil y decía: —Voy a ir a visitaros durante las vacaciones solo un par de días ¿no os hace ilusión ver a vuestra vieja tita otra vez? Y la familia que había planificado ir al mar de vacaciones deshacía el equipaje y metía la rueda otra vez en el garaje y esperaba a la tita. Ahora imaginemos que las vacaciones se habían terminado y que ya hacía seis semanas que la tita estaba en casa y no había forma de que volviera a su casa y toda la familia tenía que tomar té para desayunar porque la tita los había convencido de que el café era malo para la salud y papi había tenido que dejar de fumar porque la tita no soportaba el olor de los cigarrillos y los niños tenían que estar callados por la tarde de una a cuatro cuando la tita estaba durmiendo la siesta. Bueno, esa gente no la echaba ni cogía un pintalabios y pintaba puntos rojos en la cara de sus hijas menores y fingía que tenían escarlatina para hacer que la tita huyera. No, esa gente volvía a hacer el equipaje, sacaba la rueda del garaje, le daba a la tita las llaves de la casa y se iban a vivir a una tienda de campaña cerca del mar donde a partir de ahora podrían beber café y fumar cigarrillos y jugar a juegos ruidosos todo lo que quisieran.

O pongamos que en una escuela se había nombrado a una nueva directora y una de las profesoras seguía protestando y diciendo: “¿Por qué no me han hecho directora?¡ Soy mucho mejor que ella!” Ellos no le decían: “Ella tiene más experiencia que usted y durante las vacaciones siempre ha estado haciendo cursos, ¡mientras que usted se estaba pintando las uñas de los pies! ”

No. En lugar de eso, escribían una carta al ayuntamiento de la ciudad diciendo: “Esta mujer nos está dando dolor de cabeza con sus protestas constantes, por favor nómbrela directora ¡para que no nos vuelva a poner de los nervios! " y la mayoría de las veces incluso la recién nombrada directora firmaba la carta.

O si un niño no se aprendía sus lecciones y solo sacaba malas notas, sus profesores no le hacían repetir el curso. En vez de eso decían: “ Pero tiene una sonrisa tan bonita y a sus amigos les daría pena perderlo, así que qué más da si su ortografía es mala y si no se sabe los nombres de los continentes, que de todas formas no se han descubierto”.

Podría seguir contándoos lo loca que estaba esta gente. Cuando en un cruce se chocaban dos ruedas la gente no se paraba, ni participaban y ni se gritaban: “ ¡Lo ví bajando el carril y sabía que estaba rodando su rueda demasiado rápido! Por favor, señor, si va a los tribunales puede nombrarme como testigo, aquí tiene mi nombre y mi dirección!” En vez de eso, ellos gritaban a los conductores: "A quién le importa de quién fue la culpa, quiten sus malditas ruedas del medio para que podamos rodar las nuestras en paz, ¡solo el demonio sabe por qué fue lo primero que inventamos!”

Todo el mundo puede entender que esta actitud alocada no llevó a aquella gente a ninguna parte. Ellos siempre conseguían el segundo puesto, tenían los peores sitios en el cine, nunca les servían en la carnicería del supermercado, nunca llegaron a ser directoras, en lugar de eso vivían en tiendas de campaña cerca del mar y se arruinaron la salud con café y cigarrillos y juegos ruidosos.

Entonces, un día un gran mago fue a visitar este continente. El nombre del mago era el Gran Belloni, y cuando aterrizó con su alfombra voladora en el mercado dijo: “Saludos, pueblo de este continente, soy el Gran Belloni y llamaré a este continente Bellonia en honor a mí mismo porque lo he descubierto”.

La gente estaba un poco estupefacta porque siempre habían creído que habían sido ellos los que habían descubierto el continente, pero el mago les explicó que no se puede descubrir algo que siempre has conocido, y pensaron: Bueno, podría haber sido Gulbrannssonia o Herrschkovitzia , así que después de todo Bellonia no está tan mal.

El mago miró por el continente que había descubierto y pronto averiguó cuál era el problema con sus habitantes. "Sois gente lista", les dijo, "Puedo ver que tenéis un gran potencial. En realidad solo os faltan dos cosas”. Cuando la gente quiso saber cuáles eran esas dos cosas, él dijo: “bueno, la primera son los carros”. Y les mostró cómo podían añadir una especie de caja de madera a sus ruedas para que pudieran utilizarlas para transportar cosas. La gente probó durante un tiempo con una o siete ruedas, pero mucho antes ya se habían dado cuenta de que el número ideal de ruedas estaba entre dos y cuatro. A partir de ahí no fue difícil llegar a la motocicleta, el motor de vapor, el ferrocarril y entonces alguien se dio cuenta de que se podía enganchar un burro a un carro, lo cual no era tan ruidoso como los otros métodos para mover el carro.

"¿Y qué es lo segundo?" preguntaron al mago.

"Pues, lo segundo que impide el progreso en vuestro país es la falta del sentido de la justicia" .

"¿Qué es eso?" preguntaba la gente, "¿es algo como la caja de madera que nos enseñaste a hacer?"

"No, dijo el mago, "no es una cosa. Es un principio".

La gente asintió como si hubieran entendido pero en realidad tampoco sabían qué era un principio.

"La justicia significa dar a todo el mundo solo lo que se merecen, ¡ni más ni menos!"

"Pero nosotros hacemos eso".

"No, vosotros dais a la gente lo que quiere para que dejen de protestar, eso no es lo mismo. Y si no protestan no consiguen nada”.

"Bueno, puede que no lo quieran suficiente para protestar por ello. De todas formas, ¿quién sabe mejor lo que la gente se merece que ellos mismos?”

El mago intentó explicarlo pero al cabo de un tiempo tiró la toalla exasperado.

"Mirad", dijo, "¿Queréis justicia o no? Solo tengo que agitar mi varita para dárosla y eso me ahorrará una garganta irritada”.

"Bueno", dijeron, “si ayuda a progresar más la queremos”.

Y el mago agitó su varita y entonces se montó en su alfombra mágica y se marchó volando para descubrir más continentes que pudiera contar y dar nombre. Ya había pensado algunos nombres nuevos fantásticos como Bellonia II y Bellonia III y estaba ansioso por encontrar continentes adecuados para esos nombres.

Tan pronto como el mago hubo agitado su varita los bellonios –como ahora se llamaban a sí mismos- se dieron cuenta inmediatamente de lo que el mago quería decir, sacudieron sus cabezas y dijeron: “¿Cómo hemos podido estar tan locos?”

Inmediatamente recogieron sus tiendas y volvieron para reclamar sus casas, pero la tita llevaba allí tanto tiempo que ahora prácticamente vivía allí y dijo: “Pero ¿Qué os creéis? Me distéis esta casa intencionadamente cuando me dejasteis sola aquí. ¡Me niego en rotundo a marcharme!” Y comenzaron las disputas interminables acerca de contratos verbales y el derecho consuetudinario y otras cosas así.

Después, los bellonios tenían que crear un tribunal de justicia pero no se ponían de acuerdo en quién tenía derecho a ser juez. Así que decidieron reunirse todas las mañanas a las diez para discutir todos los casos.

El primer caso fue el de dos hermanos pobres cuyo padre había fallecido y les había dejado solo un burro. Cada uno de ellos decía que necesitaba el burro para cargar con sus cosas y tirar del carro. Este fue un caso fácil para los bellonios. Decidieron que el burro debía cortarse en dos mitades y dar a cada hermano una mitad. Los hermanos protestaron y dijeron que medio burro no servía para nada porque ni siquiera podía tirar de medio carro, pero les dijeron que la división había sido muy exacta, por lo que no tenían de qué quejarse.

Los hermanos maldijeron y se marcharon, dejando allí las inútiles mitades del burro.

Ahora el caso era más difícil de resolver. Era sobre un hombre que se había emborrachado y había comenzado a pelearse con otro hombre y le había sacado un ojo. De momento no había ningún problema. Decidieron que la víctima debía sacarle un ojo al bellaco y después cada uno de ellos debía comprar un ojo de cristal para el otro. “Porque” decían, “ojo por ojo, esto es la justicia”. Pero al día siguiente llevaron a este hombre al tribunal porque se había emborrachado otra vez y le había sacado un ojo a otro hombre. “¿Y dónde está el problema?” decían algunos. “Hemos decidido un caso similar ayer mismo, podemos dar el mismo veredicto otra vez. ¡Ojo por ojo!”

"Pero solo le queda un ojo", decían otros. "Si le quitamos el ojo, estará ciego, pero su oponente solo necesita un ojo de cristal y puede llevar una vida casi normal. Quitar un solo ojo no es lo mismo que quitarle un ojo a alguien que tiene dos”

"Pero debemos quitarle algo suyo " decían otros, "si no, siempre irá sacándole los ojos a la gente".

"Cortémosle la mano," sugirió alguien, pero otros protestaron diciendo que una mano no era lo mismo que un ojo. “ Tenemos que hacer justicia”, decían, “No solo hacerle daño a la antigua usanza. Debe sufrir exactamente el mismo dolor que ha causado al otro hombre”.

"Bueno, entonces", dijo alguien, "ha sacado la mitad de los ojos que el otro tenía. Saquémosle la mitad de los ojos que tiene”.

"Pero es imposible sacar medio ojo. Y aunque fuera posible también se quedaría ciego”.

Y la discusión siguió y siguió y no consiguieron tomar una decisión.

Y entonces, como era de esperar, el caso de una de las titas se llevó a los tribunales.

Esta tita llevaba en la casa de su sobrino desde hacía muchos, muchos años. Y como se había sentido sola, había invitado a otro sobrino y su mujer a estar con ella. “¡Todos nuestros hijos han nacido aquí! , dijo el segundo sobrino, “¡y pinté la casa y puse papel pintado nuevo en todas las habitaciones!”

"Sí, ¿pero quién hizo la instalación de fontanería?" apuntó el primer sobrino.

"¡Papel pintado, fontanería!" dijeron los jueces. "Lo que importa es: ¿quién construyó la casa?"

"Bue…no, es una casa muy vieja..." dijo lentamente el primer sobrino. "Pero nací allí, así que por derecho debería ser mía" .

"¡Pero si la abandonó!"

"No, no la abandoné, ¡huí por las quejas constantes!"

"¡Podía haber echado a su tía!"

"¡Quién ha echado alguna vez a una tía!"

"¡Pero nunca le dijo que pensaba volver!"

"Estábamos viviendo en una tienda de campaña. Eso demuestra claramente que teníamos pensado volver a la casa de nuestros padres”.

En este punto la tita alzó la mano: “Si mal no recuerdo, querido sobrino, era mi padre quien vivió una vez en esta casa. Pero entonces un día la tita de tu padre vino de visita en las vacaciones y no volvió a marcharse. Para tener algo de paz y tranquilidad, mi padre tuvo que mudarse y vivir en una tienda de campaña cerca del mar. Se fumó la cabeza, pobre idiota. Así que por derecho, creo que de todas formas debería ser mi casa”.

Y entonces se consultaron los antiguos documentos y los álbumes familiares, y hubo mucha discusión sobre tías y tíos y también algunas primas primeras, tías abuelas y madrinas salieron a colación.

El juicio siguió durante semanas y cuando terminó a la gente le estaba entrando el hambre. Porque debido al juicio nadie había tenido tiempo de hacer ningún trabajo útil y se estaban quedando sin víveres.

Y entonces las mitades del burro, que todavía estaban tiradas en el lugar de reunión, habían comenzado a pudrirse. Nadie creyó que su deber fuera quitarlas porque todos habían acordado que era responsabilidad de los propietarios. Pero los dos hermanos habían robado un barco y se habían ido al mar con la esperanza de encontrar al mago para darle exactamente lo que se merecía. Las mitades podridas del burro olían fatal y las cubrían millones de moscas y al final todos los bellonios enfermaron y murieron.

Cuando el mago volvió para ver qué había sido del continente que había descubierto, lo encontró lleno de moscas y nada más. Se encogió de hombros y agitó su varita y el continente se hundió bajo el agua para que nadie supiera el fracaso del mago al llevar el progreso a Bellonia I. El mago esperaba llevarse a las moscas con todo pero había pasado por alto el hecho de que las moscas, pueden volar. Las moscas se estaban muriendo de hambre y antes de que el mago pudiera echar a volar en su alfombra mágica las moscas se elevaron en una gran nube y lo devoraron. La alfombra sin piloto dio la vuelta al planeta unas cuantas veces, luego se quedó sin magia y cayó a la tierra en uno de los otros continentes. La encontró un vendedor ambulante que me la vendió en el mercadillo. Y si no os creéis mi historia, puedo enseñaros la alfombra.

   
 

El contenido de este sitio web ha sido publicado por los usuarios registrados. Si encuentras algo inadecuado o susceptible de ser spam, por favor, ponte en contacto con el autor.