Martin Auer: La guerra extraña, Historias para educar en la paz

   
 

Dinero

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Traducido por Noemí Ruiz del Olmo

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El Soñador
El Niño Azul
El Planeta de las Zanahorias
Miedo
Otra Vez Miedo
La Extraña Gente del Planeta Hortus
Cuando los soldados llegaron
Dos Luchadores
Cuerpo a cuerpo
La Gran Guerra de Marte
El Esclavo
Los Granjeros a los que se les Daban Bien los Números
La Extraña Guerra
Arobanai
Serpiente Estelar
Atasco
Los Dos Prisioneros
Justicia
Dinero
Historia de un Rey Bueno
Informe para el Consejo de los Sistemas Solares Unidos
Hablando Claro
La Bomba
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“Entonces, ¿qué es este dinero?” El viejo Kitunda dio la vuelta al pequeño trozo de papel entre sus dedos.

“Es algo que los extranjeros valoran mucho”, dijo su hijo. “El representante dice que si tienes muchos de esos trozos de papel se te considera un hombre rico.”

“Eso me parece estúpido”, dijo el viejo Kitunda. “Si tienes mucho ganado y tierras con maíz y boniatos, una bonita casa y muchos hijos – entonces eres rico. ¿Qué utilidad tiene un puñado de trozos de papel? ¿Puedes comer papel? ¿Puedes vestirte con él o dormir en él?”

“Bueno, el representante dice que lo puedes convertir en lo que sea. Puedes convertirlo en una casa, o en una vaca o en un bonito traje como el que los extranjeros llevan.”

“¿Entonces es algún tipo de magia?”

“No. Simplemente puedes cambiar esos trozos de papel por cualquier cosa que quieras. Si ves una casa bonita sólo le ofreces al propietario algunos trozos de papel y le pides que te la dé. Si no te quiere dar la casa, le ofreces más trozos de papel. Finalmente, te dará la casa si le ofreces suficiente papel. O por lo menos, eso es lo que el representante me ha explicado.”

“Entonces debe ser una magia muy poderosa. ¿Puede que la magia haga que el propietario de la casa pierda el poder de pensar claramente?”

“No, no es eso. El propietario de la casa puede cambiar el dinero por alguna otra cosa. Tal vez, por uno de esos coches que los extranjeros usan o por mucha comida o por otra casa. Por eso es por lo que te dejará su casa por dinero. Con el dinero, él puede ir a algún otro sitio, comprar una casa y vivir allí. No puedes llevar una casa contigo.”

“¿Pero si es tan estúpido como para dar una casa por trozos de papel, cómo sabe que encontrará a otra persona tan estúpida como él que cambiará cosas valiosas por trozos de papel?”

“No lo sé realmente, padre. Pero el representante dijo que todo el mundo sabe que el dinero es valioso y es por eso por lo que todo el mundo está deseando cambiar cosas por dinero.”

El viejo Kitunda sacudió la cabeza. “¿Y ese representante, te dio este dinero?”

“Sí. Me dijo que volviese al pueblo y dijese a los jóvenes que vinieran y trabajasen en la plantación de algodón. Y por eso me dio el dinero. Y dijo que por cada hombre que venga a trabajar me dará más dinero.”

“¿Así que quiere hombres que trabajen para él en su plantación y a cambio les dará dinero?”

“Bueno, la plantación no le pertenece. Es de su jefe. Y su jefe nos dará el dinero.”

“Entonces quieren que vayas a recoger algodón a cambio de trozos de papel sin valor. ¿Y quién cuidará tus vacas y quién trabajará tus tierras y cosechará el maíz y boniatos?”

“El representante dice que con el dinero que su jefe nos dará podremos comprar más maíz y boniatos que los que podríamos cultivar en nuestros campos.”

“¿Y si te está mintiendo? ¿Cómo puedes saber cuánto vale realmente este trozo de papel?”

“No lo sé, padre.”

El viejo hombre meditó durante un momento. “Si comercias con alguien deberías conocer el valor de lo que das y de lo que recibes. Conoces a la gente del bosque. No cultivan maíz ni boniatos, en cambio nos traen carne y miel silvestre y nosotros les damos maíz y boniatos. Ya sabes lo que dice el viejo Ekianga cuando piensa que le ofrezco poco maíz por su carne. Me dice: ‘Oh, venga, me costó mucho cazar este antílope. Si me das tan poco maíz, no me merece la pena cazar para ti. Haría mejor en empezar mi propio cultivo.’ Pero si pide demasiado maíz, entonces, yo le digo: ‘Oh, venga, es mucho trabajo labrar el campo, regar el maíz, cosecharlo y secarlo. Si me das tan poca carne por el maíz haría mejor si fuese a cazar al bosque yo mismo.’”

El hijo de Kitunda sonrió: “Ya sé cómo vosotros dos regateáis cada vez. Y conozco vuestro razonamiento.”

“Y es verdad. Si vemos que la gente del bosque se vuelve demasiado gorda, sabemos que les estamos dando mucho maíz por su carne, y si ellos piensan que estamos engordando, saben que nos están dando demasiada carne por nuestro maíz. Así que, como ves, en general es equitativo, intercambiamos el valor de un día de caza por el valor de un día cultivando. Pero con este dinero - No sé cómo está hecho y no conozco al hombre que lo hace. ¿Cómo podría saber o incluso adivinar cuántos trozos de papel se pueden hacer en un día? ”

“Hice al representante la misma pregunta. Me dijo que los billetes están hechos por máquinas en la gran ciudad y que pueden hacer muchos miles en una hora.”

“Si pueden hacer tantos en tan poco tiempo entonces esos trozos de papel no valen nada. Ni siquiera un grano de maíz. Escúchame, hijo: no vayas a trabajar a la plantación. Vete y trabaja tus propios campos y tú y tu familia tendréis abundante comida y todo el mundo verá que eres un hombre rico y te respetarán.”

El hijo de Kitunda dijo: “Lo pensaré, padre.”

El hijo de Kitunda fue a ver a su vecino y le mostró el dinero que el representante le había dado: “Mira esto. Esto es a lo que los extranjeros llaman dinero. ¿Qué me darías por ello?”

El vecino rió: “¿Por eso? Nada. Cuando necesito algo así agarro algunas hojas de un arbusto. ¿Sabes para qué…?”

Así que el hijo de Kitunda fue a donde su otro vecino. “Escucha, a mi mujer se le ha acabado la sal. ¿Me darías algo de sal a cambio de este dinero?”

El otro vecino dijo: “Escucha, amigo, te daré sal por amistad. Me la puedes devolver cuando puedas, o me puedes dar raíces de mandioca a cambio. Pero, ¿que podría yo hacer con esos trozos de papel? ”

“Bueno, los extranjeros lo cambiarían por algo que necesites, por azúcar o tal vez por un trozo de tela de algodón.”

“Lo he oído. Pero no confío en ello. Mira, cuando tengo una cabra, sé que siempre puedo cambiarla por otra cosa porque todo el mundo necesita beber leche y comer carne de vez en cuando. Pero, ¿quién puede garantizarme que encontraré alguien que necesite trozos de papel sin valor?”

El hijo de Kitunda recorrió todo el pueblo pero nadie quiso cambiar nada por su dinero, ni nadie quiso ir a trabajar a la plantación con él. Así que él tampoco fue a trabajar a la plantación de algodón, sino que trabajó sus propias tierras tal y como lo habían hecho antaño su padre y su abuelo, y su familia fue muy rica, bien alimentada y respetada por los otros aldeanos.

En la ciudad de la costa, donde los barcos extranjeros descargaban las mercancías que querían vender a los nativos y donde se llevaban a casa algodón, cobre y diamantes que los extranjeros necesitaban en su país al otro lado del mar, el gobernador convocó a sus consejeros para una reunión.

“Tenemos problemas”, declaró. “El comercio de nuestro país natal no es lo que podría ser. Esta tierra es ideal para cultivar algodón y está llena de cobre y diamantes. Pero no encontramos suficientes trabajadores para cavar en las minas o labrar los campos de algodón.”

“¿Y cuál es el motivo?” preguntó el presidente de la cámara de comercio. “Hay tanta gente viviendo aquí ¿qué hacen durante todo el día?”

“Parece que están satisfechos trabajando sus propios campos, cultivando maíz y plátanos, y criando algo de ganado, y cabras para carne y leche”, dijo el jefe del departamento de agricultura.

“Son un puñado de holgazanes” dijo el comandante de las tropas coloniales. “Deberíamos simplemente forzarlos a trabajar en las plantaciones.”

“No. No están interesados en trabajar por un salario”, dijo el jefe del departamento de agricultura.

“¿Y por qué crees que no están interesados en trabajar por un salario?” preguntó el presidente de la cámara de comercio.

“Porque no entienden el concepto del dinero. Piensan que sólo son trozos de papel sin valor.”

“Bueno, son trozos de papel sin valor”, rió el presidente de la cámara de comercio. “A veces me pregunto por qué funciona. Apuesto a que la gente aquí todavía mide su riqueza en vacas y cabras.”

“Eso es lo que hacen”, dijo el jefe del departamento de agricultura.

“En cierto modo estoy de acuerdo con ellos. Con vacas sabes dónde estás. Siempre puedes encontrar alguien que quiera comer carne o beber leche, y si no consigues cambiar la vaca por otra cosa puedes comerla tú mismo. Con el oro es lo mismo, siempre puedes llevarlo como joya o hacer que te arreglen los dientes con ello. Pero, por supuesto, nosotros no podemos pagarlos con vacas. Saben, cuando estaba en la universidad nuestro profesor nos enseñó: ‘cualquier cosa puede servir de dinero siempre que la gente crea que es dinero.’”

“Entonces, ¿cómo podemos hacerles creer que nuestro dinero es dinero?” preguntó el gobernador.”

El presidente de la cámara de comercio reflexionó: “Los jóvenes no vendrán a trabajar por dinero porque los agricultores no les darán comida por dinero. Y los agricultores no aceptarán dinero porque los artesanos no les darán vasijas o azadas por dinero. Y así sucesivamente…”

“Entonces deberíamos hacer una ley que les obligue a aceptar dinero si alguien quiere comprar algo”, dijo el comandante de las tropas coloniales.

“No es tan fácil”, dijo el jefe del departamento de agricultura. “Simplemente esconderían sus artículos y dirían que no tienen nada que vender. Sabemos que esto ha pasado en otros países. No seríamos capaces de controlar a todo el mundo constantemente. No, tenemos que convencerlos de que necesitan dinero, de que el comercio no puede prosperar sin dinero.”

“No debería ser tan difícil convencerlos.” El jefe del departamento de asuntos financieros habló por primera vez.

“¿Y cómo lo hacemos?” preguntó el gobernador.

“Si no podemos forzarlos a aceptar dinero podemos forzarlos a pagarnos con dinero. Pediremos que todos los habitantes paguen impuestos. Es fácil comprobar si alguien ha pagado sus impuestos o no. Y los impuestos tienen que pagarse en nuestro papel moneda. Por lo que todos tendrán que obtener este dinero de alguna manera. Y estarán dispuestos a trabajar por dinero y a comerciar bienes por dinero. Tendremos los trabajadores que necesitamos y podremos venderles nuestras mercancías.”

“¡Es una idea magnífica!” dijo el gobernador, el presidente de la cámara de comercio y el jefe del departamento de agricultura aplaudieron.

“¡Y si no pagan irán a la cárcel!” añadió el comandante de las tropas coloniales, y esta vez los otros también le aplaudieron.

“Bueno”, dijo el viejo Kitunda, “ahora nos tienen donde querían.”

Los jóvenes estaban listos para marchar a la plantación.

“No te preocupes, padre”, dijo el hijo de Kitunda. “Voy a ganar el dinero para pagar tus impuestos, los de mamá y los de mi mujer. Así nuestra familia estará a salvo.”

“Sí. Pero nuestros campos quedarán sin cultivar porque perdemos tus fuertes brazos. Nunca podremos volver a ser capaces de cuidar de nosotros mismos, dependeremos del dinero de los extranjeros y del trabajo que nos dejen hacer.”

El viejo Kitunda abrazó a su hijo: “Espero que cuando vuelvas de la plantación siga vivo para saludarte. Aunque, por otra parte, quizás no quiera vivir más. Sabes, cuando vinieron al principio, algunos de nosotros queríamos combatirlos. Pero ahora, ellos nos han realmente vencido. Ya nada volverá a ser como antes.”

Y el joven hombre partió.

   
 

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