Martin Auer: La guerra extraña, Historias para educar en la paz

   
 

El Planeta de las Zanahorias

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Traducido por Gema González Navas

Revisado por Elena Martín

El Soñador
El Niño Azul
El Planeta de las Zanahorias
Miedo
Otra Vez Miedo
La Extraña Gente del Planeta Hortus
Cuando los soldados llegaron
Dos Luchadores
Cuerpo a cuerpo
La Gran Guerra de Marte
El Esclavo
Los Granjeros a los que se les Daban Bien los Números
La Extraña Guerra
Arobanai
Serpiente Estelar
Atasco
Los Dos Prisioneros
Justicia
Dinero
Historia de un Rey Bueno
Informe para el Consejo de los Sistemas Solares Unidos
Hablando Claro
La Bomba
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Érase una vez un planeta enano en el que vivían personas que trabajaban mucho y personas que trabajaban poco. Luego había unos pocos que trabajaban muchísimo y otros pocos que eran muy perezosos y trabajaban poquísimo. En pocas palabras era exactamente como en cualquier lugar del universo, excepto que aquí los perezosos y los que trabajaban muchísimos echaban todo lo que cultivaban, fundamentalmente varios tipos de zanahorias, a una pila y luego compartían todo lo de la pila. Esto no era lo que pasaba en los demás lugares.

Pero un día los que trabajaban muchísimo dijeron: "Estamos hartos. Gruñimos y sudamos todo el día para que luego los otros que están todo el día tumbados en el suelo silbando al sol vengan tan campantes y quieran comerse nuestras zanahorias." Y en vez de echar las zanahorias a la pila de la comunidad, se guardaron las zanahorias en sus casas y se inflaron hasta que se pusieron gordos.

Los muy perezosos se encogieron de hombros y continuaron comiendo de la gran pila siempre más de lo que ellos traían.

Los que trabajaban mucho y los que trabajaban poco se dieron cuenta que ahora todos estaban aportando menos que antes porque los que trabajaban muchísimo habían traído siempre muchísimas zanahorias, más de las que podían comer ellos mismos.

Así, los que trabajaban mucho dijeron: "Nosotros también vamos a quedarnos nuestras zanahorias." Y dejaron de echarlas en la pila y, en su lugar, cada uno se hizo su propia pila en casa.

Y los que trabajaban poco dijeron lo mismo. "No nos queda más remedio", dijeron a los que apenas trabajaban.

Y así todos tenían ahora su propia pila de zanahorias al lado de sus casitas de campo y cuando les apetecía comer un tipo de zanahoria especial que no tenían en sus pilas, iban a ver si podían comerciar con alguien.

Muy pronto la gente estaba alborotada, yendo y viniendo. Después de trabajar se dedicaban a comerciar con sus zanahorias hasta que tenían todos los tipos de zanahorias que necesitaban en su casa, o al menos los que creían necesitar.

"¡Vaya un arreglo!, se decían entre sí los que apenas trabajaban, ya que no tenían ninguna pila comunitaria de la que pudieran gorronear. Pero cada uno de ellos aprendía una lección diferente de esta situación. Algunos decían: "Vale, entonces ahora tendré que trabajar más." Pero esto no era tan fácil porque cuando los realmente perezosos encontraban un campo en el que plantar sus zanahorias, casi siempre encontraban a alguien que les decía: "¡Eh! Yo he plantado aquí siempre mis zanahorias. Éste es mi campo".

Pero otros fueron simplemente a las casas de los más ricos y cogieron de sus montones aquello que les apetecía comer. "Siempre hemos cogido de las pilas comunitarias y como ahora hay muchas pilas en vez de una, pues son como si fueran todas pilas comunitarias también. De cualquier manera seguiremos cogiendo lo que queramos de ellos," dijeron.

Por supuesto a la gente rica no les gustó mucho esta actitud y algunos de ellos empezaron a construir vallas alrededor de sus montones de zanahorias. Muy pronto casi todo el mundo tuvo que construir una valla alrededor de sus pilas porque si no había vallas, los realmente perezosos, que querían seguir con las antiguas costumbres, se lanzaban cada vez más a coger lo que querían de las pilas que no tenían vallas alrededor.

Con el tiempo, los que tenían una pila tenían también una valla. Ahora, después de trabajar no sólo tenían que dedicarse a comerciar sino que también a reparar y a mejorar sus vallas y vigilarlas para estar seguro de que nadie se subía a ellas.

Muy pronto algunos de ellos empezaron a quejarse: "Antes solíamos encontrarnos después de trabajar en la gran pila comunitaria y contarnos chistes y jugar a las ranas. Ahora después de trabajar nos quedamos en casa vigilando nuestras zanahorias y arreglando nuestras vallas. Y al día siguiente estamos tan cansados que somos incapaces de plantar bien nuestras zanahorias. Por alguna razón, ahora tenemos mucho más que hacer que antes, pero al mismo tiempo no tenemos muchas más zanahorias."

Y algunas personas sugirieron que se debería volver a cómo se hacía antes, a la gran pila comunitaria. "¡Es mejor alimentar a unos pocos gorrones que destrozarnos constantemente comerciando y vigilando y arreglando las vallas!"

Pero los más ricos dijeron: "¡No, si volvemos al sistema anterior eso significa que gorronear está permitido. Entonces todo el mundo querrá gorronear y ninguno plantará zanahorias nunca más y todos nos moriremos de hambre!"

"Pero eso no va a suceder," dijeron los otros. "La gente se aburre estando todo el día tumbada a la bartola. Creednos, hay muy pocas personas que son totalmente perezosas y que apenas trabajan. ¡Cultivar zanahorias es realmente divertido!"

"No", dijeron los más ricos, "cultivar zanahorias no es tan divertido. Sólo tener zanahorias es divertido. Vosotros podéis continuar con vuestra idea y compartir las zanahorias con los perezosos, si así es vuestra voluntad. ¡Nosotros, sin embargo, no tenemos intención alguna de derribar nuestras vallas!"

"Oye," dijeron los que eran casi ricos, "si los realmente ricos no van a volver al sistema antiguo, nosotros mejor seguimos con nuestras vallas también. Tampoco es que tengamos tanto para compartir con los perezosos."

Y los casi pobres dijeron, "Bueno, si vamos a ser los únicos que vamos a compartir vamos a tener poquísimo. No podemos volver al sistema antiguo. Nos tememos que también vamos a mantener nuestras vallas."

Y así no se produjo ningún cambio esta vez. Y aunque la mayoría sabía que ahora todos tenían que trabajar mucho más y no por ello tenían más zanahorias, no podían, sin embargo, volver al sistema anterior.

Pero, por otro lado, sucedieron otras cosas interesantes. Algunos de los que no tenían grandes campos de zanahorias fueron a los de los más ricos y dijeron: "Escuchad, vigilaré vuestras pilas de zanahorias si me dais unas cuantas a cambio al día."

Hubo otros que tuvieron una idea diferente y dijeron: "¡Arreglaré las vallas de todo el mundo que me dé zanahorias!"

E incluso hubo otros que fueron de casa en casa diciendo: "Dame un puñado de zanahorias e iré a comerciar con ellas si a cambio yo me puedo quedar con un quinto de las zanahorias."

Y así fue como la cosa siguió una temporada, pero algunos comenzaron a rascarse la cabeza dándose cuenta de lo siguiente: "Debería tener más tiempo libre ahora, pero tengo que plantar más zanahorias para poder pagar al que arregla la valla, al vigilante nocturno y al comerciante de zanahorias."

Y una vez más algunas personas propusieron que deberían volver al sistema antiguo y destruir las vallas. Pero esta vez no fueron solamente los más ricos los que se quejaban y estaban contra la idea, sino los más pobres también. "¿Queréis que nos quedemos sin trabajo?, dijeron los que reparaban las vallas.

"¿Cómo nos ganaremos la vida?, gritaron los vigilantes nocturnos.

"¿Queréis que nos muramos de hambre?, gritaron los comerciantes de zanahorias.

Por tanto no les quedó más remedio que continuar haciendo las cosas de esta forma.

   
 

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