Martin Auer: La guerra extraña, Historias para educar en la paz

   
 

La Extraña Guerra

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Traducido por Gema González Navas

Revisado por Sara Bernal Rutter

El Soñador
El Niño Azul
El Planeta de las Zanahorias
Miedo
Otra Vez Miedo
La Extraña Gente del Planeta Hortus
Cuando los soldados llegaron
Dos Luchadores
Cuerpo a cuerpo
La Gran Guerra de Marte
El Esclavo
Los Granjeros a los que se les Daban Bien los Números
La Extraña Guerra
Arobanai
Serpiente Estelar
Atasco
Los Dos Prisioneros
Justicia
Dinero
Historia de un Rey Bueno
Informe para el Consejo de los Sistemas Solares Unidos
Hablando Claro
La Bomba
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En un planeta extranjero o en otra época, había una vez dos países llamados Aquí y Allí. También había otros países, como Cerca y Lejos, pero esta historia es sobre Aquí y Allí.

Un día la Alteza Todopoderosa de Aquí pronunció un discurso ante sus ciudadanos. Él dijo que la nación de Allí presionaba a la nación de Aquí y que los de Aquí no podían permanecer más tiempo ociosos y ver cómo la nación de Allí utilizaba sus fronteras para confinar a la nación de Aquí.

"¡Están tan cerca de nosotros que no tenemos ni espacio para respirar!", exclamó. "Estamos tan apretados que apenas podemos movernos. Ellos no están dispuestos a moverse ni un centímetro para dejarnos más espacio, para otorgarnos más libertad de movimiento. Pero si a ellos no les apetece ni siquiera hacer ese pequeño gesto por nosotros, entonces tendremos que forzarles.

No queremos una guerra. Si dependiera de nosotros habría paz perpetua, pero me temo que esto no nos corresponde a nosotros. Si no están dispuestos a mover su país un poquito más allá, entonces nos van a obligar a entrar en guerra. Pero nosotros no permitiremos que se nos imponga una guerra. ¡No a nosotros! ¡No permitiremos que nos obliguen a sacrificar a nuestros hijos insensatamente para que nuestras mujeres se queden viudas y nuestros niños huérfanos! Por eso tenemos que minimizar el poder de Allí antes de que nos obliguen a comenzar una guerra. Por ese motivo, queridos ciudadanos, para defendernos, para proteger la paz, para salvar a nuestros hijos, yo declaro aquí formalmente la guerra a la nación de Allí."

Los de Aquí confundidos se miraron unos a los otros. Después miraron a su Alteza Todopoderosa. Y después miraron a las tropas de la policía especial con sus cascos armados y sus rayos láser exterminadores. Permanecieron en la plaza, aplaudieron con entusiasmo y vociferaron: "¡Larga Vida a nuestra Alteza Todopoderosa! ¡Mueran los de Allí!"

Y la guerra comenzó.

En ese preciso día, el ejército de los de Aquí cruzó la frontera. Fue un espectáculo increíble. Los vehículos blindados parecían gigantes dragones férreos que aplastaban todo lo que encontraban a su paso, lanzaban granadas con sus cañones que destrozaban todo y arrojaban gases venenosos que aniquilaban a la gente. Cada uno de ellos iba dejando detrás de ellos cien metros de zona muerta.

Frente a ellos un precioso bosque verde, pero detrás nada.

El cielo se ennegrecía por donde volaban los aviones y la gente que estaba debajo se desesperaba. El ruido les llenaba de pavor. Y donde caía la sombra, también caían las bombas.

Entre los aviones gigantes en el cielo y los vehículos blindados en la tierra, enjambres de helicópteros zumbaban como pequeños y malvados mosquitos. Los soldados, sin embargo, parecían robots de acero en sus trajes blindados que les hacían invulnerables a las balas, gases, venenos y bacterias.

Llevaban en sus manos pesadas armas de combate que podían arrojar proyectiles mortales o rayos láser que fundían todo lo que rozaban.

Así fue cómo el imparable ejército de Aquí avanzó intentando aplastar despiadadamente al enemigo. Pero, extrañamente, no encontraron enemigo alguno.

El primer día, el ejército avanzó diez kilómetros en el territorio enemigo. El segundo avanzó veinte. El tercer día cruzaron un gran río. Allá por donde iban sólo encontraban pueblos abandonados, campos cosechados, fábricas desiertas, almacenes vacíos. "¡Se están escondiendo, y cuando los pasemos, nos atacarán por detrás!", gritó la Alteza Todopoderosa. "¡Buscad en los montones de heno y en las pilas de estiércol!"

Los soldados rebuscaron entre las pilas de estiércol, pero lo único que encontraron en el intento fueron documentos de identidad personal: permisos de conducir, certificados de nacimiento, pasaportes, fotografías, informes escolares, resguardos de facturas de haber pagado la licencia del perro, de la tele por cable y cientos de documentos varios. Y las fotografías habían sido separadas de los documentos que necesitaban identificación fotográfica. Nadie podría explicar qué significaba todo aquello.

Las señales de las carreteras que indicaban direcciones se habían arrancado y girado en la dirección contraria o sobrepintado y eso constituyó un problema. Pero algunos de ellos eran correctos, así que no podían averiguar si estaban o no equivocados. Los soldados continuaban perdidos y compañías enteras eran incapaces de encontrar su camino, las divisiones se descarriaban y muchos echaban la culpa a un general que desertó. Se enviaron conductores de motocicletas en todas las direcciones para buscar a los soldados. La Alteza Todopoderosa tuvo que llamar a los topógrafos y a los profesores de geografía para que el país conquistado fuera mapeado correctamente.

Durante el cuarto día de la campaña, los soldados de Aquí tomaron a su primer prisionero. Él no era un soldado, sino un civil al que habían encontrado en un bosque con un cesto de champiñones en su hombro. La Alteza Todopoderosa ordenó que se le llevara al hombre para ser interrogado por él mismo. El prisionero dijo que se llamaba José García y que se dedicaba a coger champiñones. Dijo también que había perdido su DNI y que no sabía dónde estaba el ejército de los de Allí.

En los días que siguieron a este episodio, el ejército de Aquí arrestó a varios miles de civiles. Todos se llamaban José o María García y ninguno tenía documentos de identidad. La Alteza Todopoderosa estaba cada día más indignada.

Finalmente el ejército de Aquí ocupó su primera gran ciudad. Se veían soldados pintando los nombres de las calles en las paredes por todas las partes siguiendo las indicaciones de los mapas de las ciudades que les había enviado el servicio secreto. Como lo hicieron tan deprisa hubo muchos errores y algunas calles tenían nombres distintos en la acera de la derecha, en la acera de la izquierda, al principio y al final de la calle.

Las compañías de soldados iban y venían por la ciudad sin saber que hacer con un sargento a su frente que tenía un mapa en la mano y que no paraba de vociferar. En general nada funcionaba en la ciudad: ni la central de energía eléctrica, ni la compañía del gas ni la compañía telefónica. Nada funcionaba.

La Alteza Todopoderosa inmediatamente anunció que ponerse en huelga estaba prohibido y que todo el mundo tenía que ponerse a trabajar sin perder tiempo.

Y la gente fue a las fábricas y a las oficinas, pero aun así nada funcionaba. Cuando los soldados iban a preguntar: "¿Por qué nadie trabaja aquí?" La gente respondía: "El ingeniero no está aquí" o "el jefe técnico no está aquí" o "La señora Mengana, la directora no está aquí."

¿Pero cómo se iba a encontrar a la señora Mengana cuando todas las mujeres se llamaban María García? La Alteza Todopoderosa anunció que todos los que no usaran sus nombres reales serían disparados. Entonces los de Allí dejaron de llamarse García y usaron su antiguo nombre. Pero, ¿acaso mejoraba en algo la situación?

Cuánto más avanzaba el ejército en el país, más difícil se ponían las cosas. Muy pronto no fueron capaces de encontrar comida fresca para los soldados; todo se tenía que traer del país de Aquí. El tren no funcionaba; los ferroviarios no estaban en sus puestos de trabajo o conducían las máquinas de acá para allá sin consciencia alguna. Los conductores no podían decidir quién se encargaba de cuál autobús, y naturalmente todos los responsables que sabían como funcionaban las cosas habían desaparecido. Nadie los podía encontrar.

Nadie se metía con los soldados o les hacían daño alguno. Así, muy pronto se despreocuparon y empezaron a caminar por las ciudades con los visores de sus cascos blindados abiertos y a charlar con la gente. Y la gente de Allí, que estaban escondiendo todo lo comible para que los comandos del ejército de Aquí encargados de confiscar no los encontraran, compartían lo poco que tenían con los soldados o intercambiaban lechuga o pasteles caseros por comida enlatada. Los soldados tenían muchísimas latas y estaban ya hartos de ellas.

Cuando la Alteza Todopoderosa lo descubrió, se puso como una fiera y casi le salía espuma por la boca de rabia. Así prohibió a todos los soldados que salieran del cuartel excepto cuando patrullaran con sus unidades. A los soldados no les gustó nada esta orden.

Y el ejército consiguió tomar la capital de Allí, pero aquí también todo era como en cualquier otro lugar de este país. No había señales en las calles, ni números en las calles, ni nombres de familias en las puertas. No había directivos, ni ingenieros, ni jefes técnicos, ni policías ni funcionarios. Las agencias gubernamentales estaban vacías y todos los archivos habían desaparecido. Nadie sabía dónde estaba la administración nacional.

La Alteza Todopoderosa decidió que finalmente tenía que endurecer vilmente su postura. Anunció que se obligaba a todos los adultos a que fueran a sus fábricas y sus oficinas y que se dispararía al que se quedara en casa.

Él mismo fue a la central eléctrica y ordenó a todos los soldados y oficiales, que en su país habían tenido algo que ver con centrales de energía, que le acompañaran. Dio un discurso a los trabajadores y después dijo que habría luz en dos horas. Los oficiales dieron las órdenes y los soldados supervisaron el trabajo y los trabajadores de la central eléctrica trabajaron laboriosamente e hicieron exactamente lo que los oficiales les dijeron. El resultado fue, como era de esperar, un caos horrible y ni rastro de electricidad.

Entonces la Alteza Todopoderosa volvió a llamar a los oficiales y trabajadores de la central y les dijo: "¡Si no hay luz en media hora, os mataré a todos!" Y a raíz de eso, en media hora había luz. Y la Alteza Todopoderosa dijo: "¡Veis holgazanes, sólo os tengo que presionar un poco!", y después fue con sus soldados a la central del gas para hacer exactamente lo mismo.

Pero al día siguiente estaban otra vez sin luz. La Alteza Todopoderosa estaba enojada y cuando él y sus tropas de liquidación marchaban hacia la central eléctrica para acabar con todos los trabajadores, la central estaba vacía y los trabajadores y el personal se habían mezclado entre la gente que estaban en la fábrica y en las oficinas.

La Alteza Todopoderosa ordenó a sus soldados que simplemente reunieran mil personas de la calle y les dispararan.

Pero como la gente de Allí había sido siempre tan astuta siendo agradable con los soldados, la moral de las tropas era tan baja que ninguno estaba preparado para coger mil personas al azar que no habían hecho nada y matarles. Entonces la Alteza Todopoderosa dio la orden a las tropas especiales de liquidación. Pero sus oficiales le hicieron saber que los soldados estaban ya demasiado insatisfechos y podrían llegar a amotinarse si se disparaba a mil personas.

Y la Alteza Todopoderosa recibió cartas de gente que ocupaba posiciones de poder en su país que decían: "Alteza Todopoderosísima: Ha demostrado su talento como mariscal y su genio militar y le felicitamos por sus innumerables y magníficas victorias. Pero ahora le pedimos que vuelva y deje a esos locos de Allí que se las arreglen por sí solos. Nos están costando demasiado. Si tenemos que colocar a un soldado con una metralleta detrás de cada trabajador y amenazarles con dispararles y un ingeniero que les diga lo que tienen que hacer, entonces, toda la historia de esta conquista no nos merece para nada la pena. Por favor, vuelva a casa porque nuestro amado país ha estado ya privado de su brillante presencia durante demasiado tiempo."

Entonces la Alteza Todopoderosa ordenó a su ejército que recogiesen, que confiscasen la maquinaria que encontrasen útil y cualquier objeto valioso que pudieran transportar y que volvieran a casa.

"¡Hicimos lo que pudimos!", gruñó. "¡Vaya cobardes! ¿Qué harán esos locos ahora? ¿Cómo van a averiguar quién es un ingeniero, quién es un doctor y quién un ebanista sin tener certificados ni diplomas? ¿Cómo van a decidir quién va a vivir en un chalet o en un apartamento, si no pueden comprobar qué corresponde a quién? ¿Cómo se las van a arreglar sin derechos de propiedad, sin informes policiales o permisos de conducir, sin títulos ni uniformes? ¡Menuda confusión tendrán! ¡Y todo eso para no tener que enfrentarse en guerra con nosotros, esos cobardes!"

   
 

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