Martin Auer: La guerra extraña, Historias para educar en la paz

   
 

Arobanai

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Traducido por Gema González Navas

Revisado por Sara Bernal Rutter

El Soñador
El Niño Azul
El Planeta de las Zanahorias
Miedo
Otra Vez Miedo
La Extraña Gente del Planeta Hortus
Cuando los soldados llegaron
Dos Luchadores
Cuerpo a cuerpo
La Gran Guerra de Marte
El Esclavo
Los Granjeros a los que se les Daban Bien los Números
La Extraña Guerra
Arobanai
Serpiente Estelar
Atasco
Los Dos Prisioneros
Justicia
Dinero
Historia de un Rey Bueno
Informe para el Consejo de los Sistemas Solares Unidos
Hablando Claro
La Bomba
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Arobanai sacó su cabeza del agua del río. Frente a ella estaba Apa Lepo bajo el sol de la tarde. Se oían truenos a lo lejos, pero la lluvia no vendría hasta más tarde. Eso les dejaba suficiente tiempo para montar las cabañas. En el césped del claro, los niños estaban jugando. Se veían fardos por todos lados en el suelo. Los hombres, que habían estado allí antes, habían dejado los bultos al lado de los lugares en los que querían montar sus cabañas y habían salido inmediatamente a cazar. Las mujeres que tenían niños se habían quedado un poco rezagadas porque querían recolectar los champiñones y las raíces que se encontraran en el camino. Arobanai se dio un buen chapuzón en el agua. Era maravilloso llegar a un nuevo campamento y poder lavarse para quitarse el polvo y el sudor del camino y de los campamentos anteriores. Un nuevo campamento era siempre un nuevo comenzar lleno de posibilidades y proyectos. Ella se sacudió el agua de su corto y rizado cabello y vadeó hasta la otra orilla del río. Después alzó su bulto bien alto sobre su cabeza y cruzó el río hasta la otra orilla. Sabía que cuando alzaba sus brazos de esa manera le sobresalían los pechos, el agua del río hacia su cuerpo brillar y todas sus formas se veían todavía más bellas. Al otro lado del río se veía a los chicos salir del bosque con sus presas. Arobanai pensaba que Apa Lepo era el mejor de todos los campamentos en los que había estado. Los Lepo habían hecho está vez un campamento en círculo de manera que parecía casi una isla. En el centro de la isla los árboles se encontraban separados y formaban un claro natural, pero por arriba, sus cimas casi se tocaban permitiendo así que hubiera mucha luz pero que nunca deslumbrara. Y más o menos en el centro de la isla, un grupo de árboles dividía el claro en casi dos idénticas mitades. Los niños habían elegido ya su lugar de juego al lado del río bajo los árboles: lugar un poco alejado del claro dónde estaban las cabañas pero al mismo tiempo cerca de ellas para estar a salvo.

Arobanai buscó el fardo que pertenecía a su padre Ekianga. Su madre no había llegado todavía. Lo primero que hizo fue desatar el fardo de hojas en las que había envuelto unas ascuas candentes, colocó unos pocos palitos secos sobre ellas, sopló los trozos de carbón, todavía rojos y ardientes, y las llamas alcanzaron las astillas encendiendo el fuego.

Poco a poco la gente empezó a llegar. Algunos hombres trajeron carne y después se fueron otra vez a cortar palos y hojas. Las mujeres encendieron los fuegos y se pusieron a cocinar. Casi todas habían traído champiñones y raíces. Los niños también los habían traído bajo el brazo. Y así, cocinaron una salsa en los cuencos de las calabazas y le echaron trozos de carne.

Cuando los hombres volvieron con cañas y grandes montones de hojas anchas de mongongo, las mujeres empezaron a construir las cabañas. Clavaron las cañas en el suelo formando un círculo y después unieron los cabos con lianas para formar la bóveda de la cabaña. Entretejieron palos más pequeños en la estructura de la cabaña y ataron las anchas hojas con forma de corazón al techo de la cabaña. La gente que había salido más tarde o que había interrumpido su viaje para ver si encontraban algún manjar todavía estaba llegando. Las mujeres que ya estaban acabando de construir sus cabañas se reían y les decían que se dieran prisa o acabarían encharcados porque las nubes y la lluvia se estaban acercando al campamento.

Pero los hombres que ya habían traído a las mujeres materiales de construcción, volvieron a adentrarse en el bosque para cortar más cañas, palos y hojas para los que había llegado tarde. Los que eran parientes y amigos construían sus cabañas muy cerca unas de las otras. Las familias que no se llevaban muy bien entre ellas se ponían cada una en una punta del campamento, y si eso no era posible colocaban sus cabañas de una forma que las entradas a las mismas estuvieran en dirección opuesta.

La llegada de las nubes y la tormenta hizo que anocheciera pronto. La gente metió los fuegos en las cabañas. De vez en cuando movían la posición de una u otra hoja para que no entrase agua en la cabaña. Pero por suerte no llovió mucho y al rato los fuegos volvieron a estar ardiendo al lado de las cabañas. Las mujeres arreglaron los tejados y los hombres volvieron tranquilamente una vez más al bosque, con sus arcos y sus flechas, para ver si, por si acaso, cazaban algún pájaro o algún mono más antes de que se hiciera de noche. El humo salía de las cabañas y una neblina azul cubría el campamento. Esta neblina de repente se volvió naranja, dorada y rojiza cuando las nubes se separaron y los rayos del sol aparecieron en el cielo.

Arobanai descansaba en la cabaña de sus padres mientras cogía a su sonriente hermanito por un brazo y le levantaba las piernas. Se podía escuchar cómo charlaban las familias de las cabañas de alrededor y cómo, de vez en cuando, alguien inesperado soltaba un comentario que causaba un arrebato de risa.

Kenge, un joven cazador todavía soltero, había construido una de las cabañas de al lado. Gran parte de los chicos jóvenes se habían reunido con él en su cabaña. Arobanai escuchaba sus conversaciones sobre los animales que iban a cazar en este campamento y sobre las chicas con las que querían ligar. Cuando oyó a Kelemoke decir su nombre, ella le gritó: "¡Tienes las piernas demasiado torcidas para mi gusto! ¡ Además, primero tienes que ser un cazador, cachorrito!" Los chicos se rieron estruendosa y compulsivamente sin parar dándose incluso golpes en el pecho y en las piernas de la gracia que este comentario les había provocado. Kelemoke era uno de los que corrían más habilidosamente, y, además, ya había cazado un búfalo el solito.

Ekianga, sin gritar, simplemente en voz alta, pero de una forma que se le podía oír desde al menos cinco cabañas, dijo: "Nos vais a dar dolor de cabeza a todos con vuestros gritos. ¡Tengamos un poquito de paz para que podamos dormir!"

Esto hizo que los chicos siguieran con su conversación en tono más bajo, casi susurrando, y sólo de vez en cuando se les oía entrar o salir de la cabaña. Arobanai sonrió presintiendo que éste iba a ser un buen campamento en el que se lo pasaría muy bien.

Pero por la mañana, la tristeza inundó el campamento. Arobanai se levantó al oír un incesante y horrible grito, el terrible lamento de una persona que había caído en total desgracia. Todos salieron corriendo de sus cabañas. Balekimito, una de las tías del padre de Arobanai y  la madre de Amabosu y Manyalibo, estaba muerta, muy muerta. Esta señora mayor, enormemente respetada por todos y abuela en muchísimas ocasiones, estaba enferma ya antes de trasladarse a este nuevo campamento. Sus hijos, Amabosu y Manyalibo, no habían querido dejarla allí. Ellos se habrían quedado con ellas hasta que mejorara, pero las oportunidades de caza en el antiguo campamento eran muy malas y Balekimito había insistido en ir con todos cuando se fueran de allí. Pero el camino la había debilitado y ahora estaba tan muerta que pronto se moriría para siempre. Sus parientes se habían agrupado en su cabaña. Sus hijos iban de arriba a abajo con las caras llenas de lágrimas. Su hija Asofalinda intentaba calmar a sus hermanos pero éstos se deshacían en lágrimas junto a la cama de la anciana. Solamente Balekimito permanecía tranquila entre los lamentos y los llantos de la multitud. Buscó las manos de sus hijos, arrimó a su hija hacia ella y les susurró: "Estoy con mis hijos. No estoy muriendo sola. Esto es maravilloso."

Con sus ojos todavía alerta, miró alrededor de la cabaña y descubrió a su sobrinanieta Arobanai. Le indicó con su mano, que era transparente como una hoja seca, que se acercara. "Te has puesto muy bonita," le susurró. "¿Te has echado ya un novio?" Ella hizo una mueca sonriente y agarró la muñeca de Arobanai fuertemente. Arobanai, paralizada y sorprendida, estaba arrodillada al lado de la cama de la anciana. Balekimito se echó a dormir, pero no dejó de agarrar fuertemente. La chica seguía de rodillas. Los hombres y mujeres continuaban sollozando silenciosamente, para no molestar a la anciana en su sueño. Cuando el sol estuvo en lo más alto del campamento, Balekimito dejó de respirar.

Ahora no había razón alguna para contenerse. Asofalinda de repente cogió la cuerda de cáñamo que tenían sus manos e hizo un nudo alrededor de su cuello. Tres hombres tuvieron que pararla para que no se hiciera daño. Los niños se acercaban a la cabaña y después salían corriendo. Se tiraban al suelo y empezaban a dar patadas a la tierra rabiosa y desamparadamente. El anciano Turgana y su mujer Bonyo estaban de rodillas al lado de su cabaña con las lágrimas cayéndoles por sus mejillas arrugadas. Arobanai, todavía paralizada por la pena, estaba apretujada por la gente que lloraba y sollozaba. Y los sollozos y los llantos nunca cesarían porque Balekimito no se despertaría jamás. Ella estaba muerta, no sólo muerta, ella estaba muerta para siempre y estaría siempre tendida ahí de esa manera y agarrando su muñeca.

Sólo cuando la madre de Arobanai Kamaikan se acercó y movió suavemente los dedos de la persona muerta, Arobanai pudo también romper a llorar, retorcerse en el suelo y expresar su miedo y su dolor.

El campamento empezó a calmarse lentamente según anochecía. Abatidos por la pena todos permanecían al lado de sus cabañas. Entonces, el viejo Moke se acercó al centro del campamento y empezó a hablar en voz baja. La gente se acercó a él para poder oírle y él dijo con su tranquila y melódica voz: "No es bueno que estemos todos sentados, tristes y sin hacer nada. Los fuegos se están apagando y nadie va a cocinar la cena. Mañana todo el mundo tendrá hambre y estará muy débil y cansado para ir de caza. Ella, que fue una buena madre para todos nosotros, murió en paz. Todo el mundo debe alegrarse porque ella vivió muchos años y tuvo una buena muerte." Todo el mundo asintió en silencio.

Manyalibo dijo: "Sí, tienes razón. Todo el mundo debe estar alegre. Tanto lamento no ayudará a nadie. Debemos parar y hacer una fiesta. Vamos organizar una fiesta en honor del Molimo."

Y Njobo, el gran cazador que había matado a un elefante él solo, dijo: "Sí, su muerte es un gran evento y deberíamos hacer una fiesta. ¡Lo celebraremos hasta que tengamos luna llena una, dos e incluso tres veces!"

Al día siguiente, dos hombres jóvenes fueron de cabaña en cabaña con un cordel hecho de lianas. Lo arrojaban en cada cabaña y esperaban. Los residentes de la cabaña ataban unos pocos plátanos o raíces o un trozo de carne seca. Los jóvenes hacían como si tuvieran que luchar por coger las ofrendas. Después iban a otra cabaña. Pronto consiguieron tener un cesto bien lleno de ofrendas sobre el astil que estaba cerca del fuego del Molimo.

Durante todo el día los jóvenes actuaron rodeados de secretismo en todo lo relacionado con el Molimo. Las mujeres no podían ver el Molimo. Los jóvenes señalaban que el Molimo era peligroso porque era un gran animal del bosque y sólo los hombres podían encargarse de él. Arobanai, quien estaba con sus amigas rasgando la corteza interna de las ramas para conseguir material para hacer cuerdas, quería protestar. Su tía tranquilamente agarró su brazo, le sonrió y movió su cabeza indicando calma. Por la noche, después de la cena, las mujeres se retiraron apresuradamente con los niños a sus cabañas. Los ancianos, los cazadores y los muchachos se reunieron en torno al fuego y comenzaron a cantar.

Arobanai jugaba con su hermano pequeño mientras los hombres cantaban fuera. Cuando Arobanai estaba a punto de dormirse, su madre Kamaikan le dio un empujoncito. Entre el resplandor de las ardientes ascuas, Arobanai pudo ver que su madre sonreía y señalaba hacia fuera de la cabaña. Ella escuchó. Los hombres cantaban y Kamaikan, en voz baja para que ellos no pudieran oírla, se puso a tararear la canción que cantaban:

"Nos rodea la oscuridad, inmensa oscuridad.
La oscuridad nos rodea, inmensa y negra oscuridad.
Pero si hay oscuridad,
será porque la oscuridad es buena.
La oscuridad nos rodea, inmensa y negra oscuridad,
pero si hay oscuridad,
y la oscuridad pertenece al bosque,
será porque la oscuridad es buena."

Cada noche los hombres cantaban las canciones del Molimo. Y las mujeres se retiraban a sus cabañas y hacían como si todo eso no fuese con ellas. Cuando los hombres cantaban, el gran animal del bosque les respondía. Contestaba con la voz de un búfalo, con la voz de un antílope, con la voz de un elefante. Contestaba con las voces de los pájaros, de los leopardos y de los monos. Y entonces los hombres cantaban y tarareaban sus canciones alrededor del fuego. Las canciones venían de cerca, de lejos, del norte y del sur.

Algunas noches los hombres cantaban hasta el amanecer. Todos los hombres tenían que participar y pasar toda la noche cantando y comiendo, comiendo y cantando. Se decía que si uno de ellos se dormía, el gran animal del bosque vendría y se lo comería.

"¡No tendrían que actuar así!," dijo malhumoradamente Akidinimba, mientras cogía bayas con Arobanai y las otras chicas. "Sé lo que es. Es un gran tubo hecho de bambú. Lo soplan y gritan y cantan. Ayer fue Ausu quien corría por el bosque con el tubo."

"¡Tiene una voz preciosa!," dijo Arobanai.

"¡Se supone que no tenemos que hablar de esas cosas!," dijo Kidaya. "Las mujeres no hablan de esas cosas!"

Pero por la noche,  mientras los hombres cantaban, Kamaikan sonreía y tarareaba con ellos, y la tía Asofalinda contó una historia: "Una vez, hace mucho tiempo, el Molimo pertenecía a las mujeres. Las mujeres cantaban las canciones y corrían por el bosque con el Molimo. El bosque nos es favorable y cuida de nuestros hijos y por eso le cantamos canciones, para hacerlo feliz. Pero algunas veces, cuando el bosque duerme, suceden desgracias. Entonces, despertamos al bosque; cogemos el Molimo para que el bosque se despierte y no olvide a sus hijos en su sueño."

"¿Y por qué se encargan los hombres ahora del Molimo?"

"Oh, los hombres. Ellos siempre creen que lo saben todo. Dicen que son grandes cazadores y que saben cómo ocuparse de los animales del bosque."

Y Kamaikan sonrió misteriosamente y le dijo a Arobanai que tuviera paciencia.

La quinta noche del Molimo, Kelemoke vino a verla a su cabaña. Arobanai estaba sorprendida. "¡Si no cantas con los hombres, el gran animal del bosque te comerá!," dijo y le dio un pellizco en el costado. Kelemoke se rió en voz baja. "¿Por qué me va a comer a mí? Tu madre y tu tía están durmiendo. Tu padre está cantando. ¿Qué mejor tiempo que éste para el amor? ¿Por qué me va a comer a mí el animal del bosque si estamos haciendo lo que todo el mundo hace?"

De vez en cuando, Kelemoke encontraba una ocasión para escaparse del Kumamolimo. Arobanai salía silenciosamente de la cabaña y normalmente se encontraban en el bopi, el lugar de juego de los niños. Allí se reían juntos, susurraban y jugaban al juego del amor. Era todavía más excitante cuanto más prohibido. Un chico y una chica del mismo grupo de caza no se podían casar. Y Arobanai sabía con quién se tenía que casar. Era Tumba, un chico que cazaba en el grupo de Abira y Motu. Pero, mientras tanto, por qué no divertirse con Kelemoke, el cazador más fuerte de todos los jóvenes, quien podría haber tenido una mujer hacía mucho tiempo si no hubiera tenido que esperar tanto. Tenía que esperar hasta que una chica de su familia estuviera en edad casadera y al mismo tiempo una chica de otro grupo se le propusiera. Entonces, podían intercambiar: la pariente femenina se casaría con un hombre del grupo de la chica, y él podría casarse con la chica. Si los cazadores no cambiaban sus 'hermanas', era probable que un día un grupo se quedara sin mujeres. Ninguna chica hubiera dicho no a Kelemoke, pero ella, Arobanai, era la más bonita y por eso él la había elegido. Ninguna chica tenía los pechos tan bellos como ella, las piernas tan esbeltas o el trasero tan redondo. Cuando la luna la bendijese con sangre, entonces habría siempre tiempo para casarse.

El día siguiente trajo debates acelerados y varios altercados. Sefu, el buscapleitos de siempre había llegado. No es que no le quisieran, después de todo era un astuto juerguista. El problema es que siempre montaba su propio campamento tan sólo a cincuenta pasos de distancia del campamento principal. Él se creía que era el jefe de cinco familias. ¿Cómo podían tan sólo cinco familias ser capaces de organizar una cacería? "Será lo mismo que la última vez," dijo Asofalinda, la hermana de Ekianga. "Si necesita algo dirá que forma parte de nuestro campamento, pero si trae algo que nos gusta, entonces dirá que estaba sólo de paso." Ella imitaba la quejumbrosa voz de Sefu. Cuando habían parado de reír, Masisi, que era pariente de Sefu, dijo: "Es bueno que tengamos muchos cazadores y muchas redes para las fiestas del Molimo." A lo que Asofalinda contestó: "¡Sí, y muchos para comer!"

Y sucedió que Asofalinda tenía razón. Sefu casi nunca ofrecía nada para el Kumamolimo y la cesta de la comida tenía que estar llena cada día. "No es mi Molimo," decía durante el día. Pero cuando él había dado algo, o mejor, cuando alguien de su campamento daba algo, entonces Sefu venía y devoraba increíbles porciones. Cuando había comido su lote, cantaba un poco y aprovechaba la primera oportunidad para desaparecer y volverse a su cabaña. "Si no se comporta como debe," los jóvenes amenazaron, "iremos a buscarle a su cabaña, y si le encontramos durmiendo, le clavaremos al suelo con nuestras lanzas, y cuando esté muerto del todo, le enterraremos bajo el fuego del Molino. Le diremos a su mujer que el animal del bosque se lo comió y entonces nadie hablará más de él."

Pero, como era de esperar, las cosas no fueron más allá de las amenazas. Sefu dijo: "¿Por qué no puedo irme a dormir cuando tengo sueño? Nadie será tan animal como para no dejar a un hombre cansado que se vaya a dormir. Además, este Molimo no es mi Molimo. ¡Sólo he venido a ser simpático, a demostrar mi respeto al Molimo, y vosotros me amenazáis con flechas!"

Es verdad que por las mañanas el Molimo casi siempre le regañaba por su conducta. Por las mañanas el Molimo solía venir al campamento rodeado a escasa distancia de los jóvenes para que nadie le viera. Los jóvenes jugueteaban y corrían con el Molimo alrededor de las cabañas y golpeaban los techos de las cabañas de aquellos que se habían portado mal el día anterior. Los jóvenes golpeaban los techos y movían las paredes. La cabaña de Sefu era frecuentemente zarandeada por los jóvenes, pero también las de las parejas que habían discutido en voz alta, las de los cazadores que se habían ausentado a menudo de la cacería y las de las chichas que habían flirteado sin problemas con chicos que eran sus parientes. El Molimo no respetaba a nadie. Al que se le regañaba se tenía que aguantar.

Los días en Apa Lepo eran maravillosos. Arobanai acompañaba de vez en cuando a los cazadores. Por las noches, los hombres solían discutir donde irían a cazar al día siguiente. Los hombres y los jóvenes intercambiaban su opinión sobre los caminos que habían encontrado y comparaban las posibilidades de encontrar venado en este o aquel lugar. Las mujeres también expresaban sus opiniones, sobre todo en lo relacionado a los frutos del bosque que querían recolectar antes y después de la cacería. El primer grupo de hombres jóvenes salía justo después del amanecer con sus redes y flechas y una carbón en ascuas para empezar el fuego de la cacería. El fuego era el regalo más maravilloso del bosque y como tal había que devolver el fuego al bosque para que éste estuviese de buen humor y bendijera a sus hijos con una buena cacería. Cuando el fuego de la cacería empezaba a arder, los otros cazadores aparecían. Y las mujeres y los niños también iban al bosque a recoger champiñones y bayas. También recogían dulces y sabrosas raíces siguiendo las lianas de ciertos árboles hasta llegar a donde se escondían en el suelo.

Una mañana cuando todos los cazadores estaban reunidos echaron en falta a Sefu. Se imaginaron que había abandonado su campamento, pero era raro que no hubiese pasado primero por el fuego de la cacería. Se encogieron de hombros ignorando de qué se podría tratar y alguien sugirió que quizás él había comenzado un nuevo fuego de cacería. No, gritaron todos al unísono, ni siquiera Sefu se atrevería a hacer algo semejante. Cuando llegaron al sitio en el que habían decidido el día anterior echar las redes, Sefu estaba allí. Había encendido un fuego y estaba comiendo plátanos asados. Ekianga y otros cuantos hombres fueron a ojear el territorio para después aconsejar a los hombres dónde debían echar las redes. Las mujeres cogieron sus fardos y se adelantaron con los niños.

Todo el mundo paró de charlar y farfullar y se adentraron en el bosque con un silencio absoluto. Los hombres también se dispersaron. Todos sabían exactamente dónde echar las redes, que medían más de cien pies de largo cada una, de manera que todas juntas formaran un largo semicírculo. Cuando Ekianga dio la señal con el canto del pájaro kudu, las mujeres y los niños, formando una larga fila, corrieron hacia el bosque gritando y ululando. Arobanai espantó a un sondu. Un antílope asustado saltó de entre los arbustos. "Seguro que caerá en la red de Kelemoke," le dijo con alegría a Kidaya, quien corría a su lado.

Cuando alcanzaron a los cazadores vieron que Kelemoke ya lo había matado. Su madre estaba poniendo las mejores piezas en su cesto. Las otras mujeres se agrupaban en torno a ellos dos, "¡Mi marido te prestó su lanza!" - "¡Dimos de comer hígado a tus hermanas cuando tenían hambre y tu padre no estaba en casa!" - "¡Mi padre y el tuyo siempre han cazado juntos!", gritaban. Kelemoke estaba feliz en su papel y con un gesto elegante repartió la carne entre las mujeres sin tener en cuenta sus razones. Él sabía de antemano quién merecía qué.

Sefu llegó gimoteando y diciendo que no había tenido nada de suerte. Pero nadie le ofreció una parte de su caza. Fue hacia las mujeres y les dijo: "Estáis desviando al venado de mis redes a propósito. ¿Por qué no lo echáis en mi dirección también?"

"Pero bueno, tu también tienes a tus mujeres. ¡Ve y quéjate a ellas!"

"Oh, pero ellas son perezosísimas."

Las mujeres se rieron de él y se encogieron de hombros.

Kelemoke dio a la madre de Arobanai un trozo especialmente bueno del muslo. Arobanai ya se había encaminado hacia el campamento con su cesta, que estaba llena de carne y nueces. Ella quería volver cuando los cazadores echaran las redes por tercera vez. Caminaba con Kidaya, quien le pedía que le contase todo sobre Kelemoke, pero Arobanai sólo se reía y contaba cosillas. Por el camino se encontraron con el viejo Moke, que había visto huellas de leopardos. Al llegar al campamento contaron lo que habían oído de los leopardos a las otras chicas y a las mujeres del campamento. "¡Los hombres se asustarán cuando vean esas huellas!", gritaban con risotadas. Arobanai se puso de rodillas e imitó el caminar del leopardo. Las otras mujeres formaron una fila, como si fueran cazadores que se movían en el bosque como un solo hombre. El leopardo les saltó encima, pero los cazadores se subieron a los árboles chillando como locos.

Después de que casi se murieran de la risa, Arobanai decidió volver con los cazadores al bosque. Pero los hombres volvieron de la cacería antes de lo esperado, enfadados y vencidos. Nadie quería decir lo que había pasado. Sólo Kelemoke gruñó: "¡Ese Sefu está dando demasiado la lata!" Y Kenge dijo: "¡Hasta ahora siempre le hemos tratado como a un hombre, pero es un animal y deberíamos tratarlo como a un animal!" Y, diciendo eso, lanzó un grito en dirección al campamento de Sefu: "¡Animal, animal!". Pero Sefu no había llegado todavía.

Él llegó más tarde con un grupo de cazadores viejos. Sin decir una palabra a nadie, se fue directo a su campamento.

Ekianga y Manyalibo, que llegaron los últimos, se pusieron en cuclillas frente al fuego del Molimo. "¡Ese Sefu nos ha deshonrado a todos!", dijo Ekianga sin dirigirse a nadie en particular. Y Manyalibo dijo: "Sefu ha faltado el respeto al Kumamolimo. Daremos por concluido las festividades. Lo mejor será que nos vayamos a un nuevo campamento."

"¡Que venga aquí todo el mundo!," dijo Ekianga. "¡Que venga todo el mundo al Kumamolimo porque éste es un asunto muy serio y lo tenemos que solucionar inmediatamente!"

Todo el mundo se reunió; se sentaron en bancos hechos de cuatro ramas unidas o en troncos. Kenge volvió a gritar en dirección al otro campamento: "¡Eh, tú, animal, ven aquí, animal!" Los chicos se rieron, pero los hombres les ignoraron.

Sefu se acercó tranquilamente intentando parecer completamente inocente. Miró alrededor pero nadie le ofreció un sitio para sentarse. Se acercó a Amabosu, el chico más joven, y le quitó su banco. "¡Los animales se sientan en el suelo!," dijo Amabosu. Sefu estaba a punto de llorar: "Soy un viejo cazador y un buen cazador también. No es justo que todo el mundo me trate como a un animal." Finalmente Masisi dijo a Amabosu que debía levantarse y devolver el banco a Sefu.

Entonces, Manyalibo se levantó y empezó a pronunciar un discurso: "Todo el mundo quiere que este campamento sea un buen campamento. Y todo el mundo quiere que las fiestas del Molimo sean unas buenas fiestas. Pero Sefu está destrozando todo. El campamento ya no es un buen campamento y las fiestas ya no son unas buenas fiestas. Cuando su hija murió, él nos agradeció que nos ofreciéramos a preparar un Molimo para él. Pero ahora que su madre ha muerto, no quiere dar nada para el Kumamolimo."

"¡No era mi madre!," dijo Sefu insolentemente.

"¿Que no era tu madre?", gritó Ekianga. "Ella era la madre de todos los que formamos el campamento. ¡Ojalá te caigas sobre tu lanza y te mueras como un animal! Un ser humano no roba carne de sus hermanos. ¡Sólo un animal hace algo así!", Ekianga sacudió su puño furiosamente.

Sefu comenzó a llorar. Por fin Arobanai se dio cuenta de lo que había sucedido. En la segunda cacería, Sefu había colocado su red delante de las otras redes y de esa manera pudo coger el primer grupo de venado al que se había asustado. Pero le pillaron. Ahora se excusaba diciendo que todo había sido un malentendido. Decía que había perdido de vista a los otros cazadores y que no había sido capaz de encontrarlos. Ésa era la única razón por la que había echado su red y había pasado lo que había pasado.

"Sí, sí, seguro," dijo el viejo Moke. "Te creemos. No deberías causar tantos problemas. Si nuestra madre muerta no era tu madre, entonces tú no eres de los nuestros. Puedes echar tu red donde quieras, cazar donde quieras cazar y montar tu campamento donde lo quieras montar. Nos iremos lejos de aquí y montaremos nuestro campamento en otro lugar, así no te molestaremos más."

Sefu tuvo que admitir que se había equivocado. Con un grupo de cuatro familias le sería imposible organizar una cacería. Se disculpó y dijo que sólo había sido un malentendido, pero que devolvería toda la carne.

"Entonces está bien," dijo Kenge y se levantó inmediatamente. Los otros también se levantaron y fueron con Sefu a su campamento. Allí le dijo a su mujer desagradablemente que devolvieran la carne. Los jóvenes revolvieron todas las cabañas y buscaron la carne que estaba escondida bajo los techos. Incluso las cacerolas de la comida estaban vacías. Sefu intentó dar pena llorando, pero todos se rieron de él. Mantuvo la respiración y se agachó implorando: "Moriré de hambre y toda mi familia también. Todos mis parientes morirán también porque mis hermanos se están llevando mi comida. Moriré porque nadie me respeta como me merezco."

Le dejaron llorando a lágrima viva y volvieron al Kumamolimo. El festín era de nuevo un festín y todo el mundo cantaba, bailaba y comía. A lo lejos se podía oír a Sefu lamentándose. Las mujeres se metían con él e imitaban su lloriqueo. Pero cuando todo el mundo había comido, Masisi llenó un cazo con carne y salsa de champiñones que su mujer había cocinado y desapareció. Un poco más tarde los lamentos pararon.

Por la noche cuando Arobanai se escapó de la cabaña para encontrarse con Kelemoke, vió a Sefu sentado cantando con los hombres en el fuego del Molimo. Un hijo del bosque como todos los demás.

Arobanai había experimentado esas situaciones muchas veces. Discutían, se quejaban, se amenazaban, pero los hijos del bosque se necesitaban unos a los otros. Uno solo, sin los otros, no podía sobrevivir. Por eso siempre había una solución, una salida del problema. Aquel que tenía algo de que quejarse salía en mitad del campamento y empezaba a protestar, maldecir o exponer su caso de malos modos. Pero casi siempre, los miembros del campamento a los que se pedía ayuda no se la negaban a aquellos que se habían equivocado, actuado mal o causado problemas. Un buen campamento era un campamento en paz. Un campamento que no paraba de discutir era también un campamento hambriento. En la mayoría de las ocasiones el humor se encargaba de solucionar los problemas. Y todos olvidaban y perdonaban rápidamente, tanto los que habían sido ofendidos como los que habían ofendido.

Arobanai se acordaba cuando la tía Kondabate tuvo una riña con su marido. Estaba tan enfadada que empezó a quitar las hojas del tejado de su cabaña. Estaba en su derecho porque, después de todo, ella había sido la que había construido la cabaña. Su marido observó todo el espectáculo en silencio. Ella continuó desmontando hojas del tejado. En ese momento el marido debería haberse acercado y arreglado la situación porque cuando una mujer destroza una cabaña significa el fin del matrimonio. Pero el marido de Kondabate no dijo nada y ella continuó desmontando la cabaña hoja por hoja. Las lágrimas habían empezado a caer por sus mejillas, pero el hombre continuaba firme. Después de un rato, el hombre dijo: "¡Kondabate, hará mucho frío esta noche!" Pero ella siguió destrozando la cabaña. ¿Qué otra cosa podría hacer? Ella no podía consentir que le avergonzasen así. Cuando no hubo más hojas, con las lágrimas en los ojos, continuó quitando las cañas. Todo el mundo miraba lo que pasaba embelesado porque cuando sacara las últimas cañas del suelo, tendría que preparar su fardo e irse al campamento de sus padres. El marido de Kondabate estaba a punto de llorar porque la amaba con todas sus fuerzas y no quería divorciarse. Pero si él cedía ahora tendría que aguantar la risa de sus amigos tomándole el pelo. Todo el mundo podía ver cómo estaba maquinando algo. Por fin dijo tranquilamente: "¡No tienes que desmontar las cañas también, sólo las hojas están sucias!"

"¿Qué?", gritó Kondabate sorprendida. Pero luego entendió y aliviada dijo: "Sí, estas hojas están llenas de bichos." Y juntos se fueron al río a lavar las hojas. Después las volvieron a colgar en la cabaña. Nunca antes se había visto algo semejante como lavar las hojas. Pero Kamaikan, la madre de Arobanai, cogió unas cuantas hojas del techo de su cabaña y murmuró: "¡Estos bichos son una verdadera molestia!" Y ella también fue al río a lavar las hojas como si fuera una cosa normal. Y durante varios días las mujeres fueron también al río a 'liberar' las hojas de bichos mientras contenían sus risas.

Los días, al igual que el río Lelo, pasaban rápidamente. El bosque hacía regalos a sus hijos: nueces y raíces, bayas y frutas, champiñones y carne. Los jóvenes enseñaban los animales que habían cazado y flirteaban con las chicas. Los ancianos se paseaban por los alrededores del campamento, pero normalmente se sentaban a la sombra y hablaban durante horas de las historias de antaño. Los niños jugaban cerca del río, subían a los arbolitos en grupos pequeños y cuando los arbolitos se balanceaban y se inclinaban hacia el río saltaban al río. Los que no eran suficientemente rápidos salían rebotados por el árbol. Los hombres hacían arcos pequeños con flechas sin punta para que los niños y niñas jugaran a cazar ranas. Las mujeres enseñaban a las niñas a construir cabañitas y las niñas también cocinaban, con gran seriedad, comiditas de barro y nueces para sus amiguitas. Después iban a las cabañas y jugaban a hacer niños como habían visto hacer a sus padres. En sus juegos, probaban todo lo que más tarde, cuando crecieran, tendrían que ser capaces de hacer y sin darse cuenta, esos juegos se convertirían en las cosas importantes de la vida. Los niños llamaban a todos los adultos 'madre' o 'padre' y a todas las personas mayores 'abuelo' o 'abuela'. Siempre encontraban a alguien que se hacía pasar por búfalo o leopardo, que se dejaba cazar y jugaba con ellos saltando, tendiéndoles emboscadas y comiéndoselos a todos mientras todo el mundo reía y se divertía.

Y allí, cerca del fuego del campamento, seguía estando el astil que sostenía la siempre llena cesta de la comida para recordar a todo el mundo que cada día era un día de fiesta y que el bosque se acordaba de sus criaturas y quería ser feliz con ellos.

En uno de aquellos días, Kidaya fue bendecida con la sangre. Ella compartió alegremente este acontecimiento con sus amigas. Unos días después fue el turno de Arobanai. Ahora, además del Molimo, tendría que celebrarse también la fiesta de la Elima. La tía Kondabate construyó un anexo en su cabaña y las chicas y sus amigas se trasladaron allí para aprender de ella las canciones que sólo las mujeres cantaban.

Llegaron al campamento unos invitados. La gente decía que eran una pareja de ancianos que normalmente vivían en un grupo en el norte. Primero se quedaron en el campamento de Sefu donde el hombre tenía un pariente. Después se trasladaron al campamento principal. El anciano Moke les saludó muy respetuosamente. La mujer fue directamente a la cabaña de Kondabate, quien la recibió con grandes reverencias. Las chicas la miraban con un poco de vergüenza. La señora mayor se arrodilló y estuvo cantando y practicando con las chicas. Pero ella no cantaba las canciones de las mujeres, las canciones de la Elima, sino que cantaba las canciones del Molimo reservadas a los hombres. Eso asustó a las chicas, pero Kondabate asintió solemnemente y empezó a cantar también. Las chicas se unieron tímidamente a los cantos.

Esa noche no había una, sino cuatro cestas llenas de comida colgadas del astil del Kumamolimo. Manyalibo cogió unas ascuas ardientes de cada cabaña para encender el fuego del Molimo. Los hombres y los chicos estaban muy nerviosos y excitados cuando comenzaron a cantar. Después llegaron las chicas de la cabaña de la Elima dirigidas por la anciana. Ella cogió ascuas del fuego del Molimo y encendió un segundo fuego junto al primero. Las mujeres se reunieron en torno a este último. Las chicas, quienes se habían pintado con tintura de gardenias negras, bailaron en fila mientras la mujer cantaba las canciones del Molimo cada vez más alto y enérgicamente. Esa noche las mujeres lideraban los cantos y los hombres se unían a los cantos. La anciana mujer del norte se sentó al lado del fuego que había encendido y fijó sus ojos en las llamas. Frente a ella se sentó Kondabate, la bella Kondabate. Como si estuviera hechizada por la mirada de la anciana, ella también fijó la mirada, sin moverse, en las llamas. Entonces la anciana empezó a mover sus manos imitando un baile. Separó y movió sus delgados y secos dedos; sus huesudos brazos se movían bruscamente y golpeaban al aire en todas las direcciones, como si no le pertenecieran. De repente se levantó y empezó a bailar. Bailó alrededor del fuego de los hombres, mientras ellos cantaban sin mirarla. Cada vez cantaba y bailaba más intensamente. Saltó sobre el carbón que ardía y bailó sobre él para después comenzar a golpear el fuego con sus pies. Sus golpes salvajes esparcieron las ascuas en miles de direcciones, y los hombres tuvieron que esquivarlas lo mejor que podían. El viejo Moke se levantó y puso el fuego en su sitio, pero la anciana lo volvió a esparcir de nuevo. De esta manera recordaba tres veces a los hombres que eran las mujeres las que habían domado y cuidado del fuego y que dependía de las mujeres si el fuego se apagaba o continuaba ardiendo, si la vida se acababa o seguía adelante. Después, la mujer agarró una cuerda hecha de lianas y la pasó por el cuello de cada hombre. Los hombres se fueron callando cuando tenían en el lazo alrededor de su cuello de manera que cuando el último estuvo atado, los cantos cesaron. El silencio, sólo roto por la voz del bosque, estuvo presente un rato. Entonces el viejo Moke dijo:  "Ciertamente estamos atados. Estamos atados y no podemos hacer nada. Tenemos que dar algo a cambio para ser libres de nuevo." Ekianga dijo: "Ofreceremos la carne del antílope para ser libres de nuevo." Manyalibo dijo: "Demos también la piel del gato de algalia." Los hombres asintieron. Después, la anciana deshizo los lazos y a medida que los soltaba empezaron a cantar de nuevo. A la mañana siguiente la mujer y su marido desaparecieron.

Y continuaron viniendo invitados. Esta vez jóvenes cuyos territorios de caza se encontraban lejos, a varios días de camino. Las noticias del festival de la Elima se corrieron rápidamente. Cuando los cazadores se encontraban con otros grupos en el bosque, charlaban, cotilleaban y se contaban las últimas noticias de sus parientes. Hablaban de la suerte que tenían cazando y las hazañas de las cacerías que se contaban cada día se hacían más y más sorprendentes.

Los jóvenes se unieron a los cazadores de Apa Lepo. La mayoría de ellos tenían tías y tíos o parientes lejanos en el grupo y se quedaban en sus cabañas o iban a la cabaña de los solteros. Su objetivo era entrar en la cabaña de la Elima por la tarde noche. Pero las madres de las chicas custodiaban la tienda y tiraban rocas y ascuas a los jóvenes para que no entraran.

Algunas veces las chicas salían pintadas con barro blanco y armadas con largos y trenzados látigos. Corrían por el campamento y si les gustaba alguien le sacudían con el látigo con locura. A veces arremetían también contra los adultos y los ancianos, pero sólo para divertirse y para rendir tributo a su masculinidad. Pero cuando golpeaban a un soltero disponible quería decir que se creaba una obligación y aquel que había sido golpeado tenía que visitar a la chica en la cabaña de la Elima.

Tumba, el que Arobanai había elegido en silencio, se asustó un poco. Arobanai y sus amigos decidieron ir a buscarle. Salieron una mañana bien temprano con sus pechos y sus glúteos decorados con dibujos blancos corriendo hacia el oeste siguiendo las huellas de los antílopes y los elefantes. Corrieron con largos y silenciosos pasos hasta que llegaron por la tarde noche al campamento donde estaba el grupo de Tumba. Chillando bajaron al silencioso campamento y persiguieron a los hombres alrededor de las cabañas. Los hombres y los chicos se defendieron como mejor pudieron, corrieron al montón de la basura que estaba detrás de las cabañas y lanzaron a las salvajes chicas todo lo que encontraron. Finalmente, Arobanai vislumbró a su elegido. Estaba usando su arco para disparar cáscaras secas de plátanos a las chicas. Pero tuvo que tirar la toalla ante las nueve chicas que luchaban contra él. Arobanai no desaprovechó el momento.

Cinco días después fue por fin a la cabaña de la Elima. Tras librar una lucha muy masculina con las madres para poder entrar, pudo por fin pasar y cumplir su cometido. Ahora podía dedicarse a Arobanai o irse. También podía elegir a otra chica, y eso fue lo que Tumba hizo. Flirteó también con Kidaya y al llegar la noche, Arobanai se dio cuenta que los dos se llevaban muy bien y que se gustaban mucho. Así que decidió escuchar lo que Aberi tenía que decirle. Aberi entró en la cabaña el primer día y desde entonces había estado haciendo todo lo posible para gustar a Arobanai. Ella haría con él lo que Tumba y Kidaya estaban haciendo y si le gustaba, le pediría que cazara un antílope para sus padres y encontrara una hermana de su grupo que quisiera casarse con uno de sus hermanos. Y si no le gustaba, pues no había de qué preocuparse porque había muchísimos chicos ahí fuera, grandes cazadores, que traerían a los padres de la novia no uno, sino dos antílopes. ¿Antílopes? ¡Antílopes y hasta elefantes, uno o quizás dos! La vida es bella. El bosque se ocupaba de sus hijos y sus hijas. No sólo les daba carne y frutas para comer y agua para beber sino también fuego y las alegrías del amor.

"La oscuridad nos rodea," susurraba Arobanai,
"pero si hay oscuridad,
será porque la oscuridad es buena."

Entonces ella se tumbó con Aberi en su colchón y empezó a hacerle cosquillas. Él se río y se acercó a ella.

   
 

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